14.12.06

Iván Égüez

Bujäs, el gitano

Que los Corregidores y Justicias de los lugares en que hubieren avecindados los que se dicen Gitanos, tengan obligación de visitar, y registrar por sus personas las casas de los que se dicen Gitanos las veces que les pareciere, para reconocer si en ellas tienen algunas de las cosas aquí prohibidas u otras sospechas... por el tenor de la presente pragmática los declaramos rebeldes, contumaces y bandidos públicos, Y permitimos, que cualquier persona de cualquier estado y condición que sea, pueda libremente ofenderlos, matarlos, y prenderlos sin incurrir en pena alguna, trayéndolos vivos o muertos ante los Jueces de los distritos donde fuesen presos o muertos. Y que pudiendo ser habidos, sean arrastrados, ahorcados, y hechos cuartos, y puestos por los caminos y lugares donde hubieren delinquido, sus bienes sean confiscados para nuestra Cámara. Pragmática de 1717 y 1743. (Documentación Selecta sobre la situación de los gitanos españoles en el siglo XVIII ‑ Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados ‑ Madrid)

El gran Peluzzo no nació bajo la carpa nuestra. Llegó en buque de la mano de un médico japonés, un tal Noguchi. Su padre había muerto a expensas de una banda de tipejos que usaban camisas negras y actuaban dirigidos por una especie de capo, conocido como “El César de Aserrín”. Peluzzo me decía que no se había tratado de sicilianos sino de fanáticos. Su madre había sido secuestrada en Roma. El tío Alfio había embarcado al huérfano como polizón con una carta para un paisano que vivía por Chile. Desesperado, maloliente y casi comido por las ratas, fue descubierto por uno de los sobrecargos, quien quiso castigarlo con látigo mojado como a galeote. El médico japonés intercedió comprometiéndose a bajarlo con él en Guayaquil, puerto de su destino. Le nombró su ordenanza en no sé qué asunto de la malaria, pero Peluzzo era un poco inquieto como para resignarse a andar de leva todo el día en el pantano asistiendo al japonés. Mejor se puso a vender cucuruchos de colaciones junto a la boletería del circo que entonces había llegado. Ahí lo conocimos, Tenía unos doce años a lo sumo. Y un don especial para el alambre: se convirtió en el funambulista que necesitábamos para reemplazar a Marcel, quien por propia voluntad, y estando completamente sano, se había retirado a un sillón de ruedas aduciendo que cumplía un pacto. Pero Marcel le enseñó a Peluzzo todos los secretos del equilibrio y la acrobacia. “El Querubín Peluzzo”, le mentaban luego en las tres Américas. Desde la primera vez que subió al alambre nos refirió que una mariposa negra le revoloteaba todo el tiempo sobre la cabeza. Fuera del alambre nunca vio a la mariposa. No ha llegado a posarse en mí, pero es como un gallinazo que espera el desposte. Yo no sé si habría sido sólo idea de Peluzzo, pero él afirmaba que si algún día se le prendiera la mariposa, ese día se caería del alambre. Me siento rodeado por una nube de espanto cada vez que estoy arriba, me decía. Y cuando alguien le preguntaba ¿y por qué subes entonces?, él respondía que para averiguarle cosas a su padre.

Cuando cayó, alcancé a oírle, alguna disculpa, dicha, para mi sorpresa, en jerigonza, algo así como “la mariposa... los camisas negras”. Años después tuve oportunidad de preguntar a un italiano quiénes eran, y me dijo que unos fanáticos, corrompidos y asesinos, que habían empezado a larvarse a raíz del Armisticio de Compiegrie, firmado en el interior de un vagón, que luego se propagaron por toda Italia y que, dirigidos por un poeta de entonces, llamado Gabriel D’Annunzio, ocuparon Fiume como anticipo de la marcha que sobre Roma efectuó “El César de Aserrín”.

XXX

Así como a Peluzzo le revoloteaba siempre esa mariposa funeraria, sin que él pudiera agarrarla o espantarla porque sus manos estaban ocupadas en sujetar la vara del equilibrio, así yo, Bujäs el Gitano, secularmente he sentido alrededor de mi vida una atmósfera de vilipendio, es un aire que le echan a uno en forma invisible y sin palabras, y al que los diccionarios le han dado el suave nombre de desconfianza. Para exacerbar en la gente ese sentimiento –que es recelo y envidia a la vez–. Para violentar su apego a las baladíes cosas de este Mundo, fui conchabado por el Circo de los Hermanos Blemón. Inicialmente se llamaban Blue Demond’s, pero nada en esta vida permanece, todo fluye, progresa. Así el público de esta ciudad blanca, dormida junto al lago y donde hombres y mujeres se dejan una gruesa trenza hasta la cintura, ha madurado mucho desde la última temporada que actuamos aquí hace exactamente un año, temporada que hubo de ser suspendida por aquellos acontecimientos que son de dominio público.

Recuerdo la última función cuando yo estuve actuando con mi compañera Azalea “Una cosa se ha perdido/ cinco veces/ lo diré/ si el dueño no reclama/ yo me llevaré/ ¡A la una!” Con ese adivinatorio comenzaba mi número. Ese era mi eslogan de desplumador, mi distintivo. Sonaba como una sirena de alarma. Los espectadores se acomodaban nerviosamente en sus asientos y empezaban a revisar sus prendas, sus bolsillos, relojes, carteras, etc. Nadie sabía cómo ni en qué momento habían sido desprendados, pero lo cierto era que en mis manos aparecía una gran cantidad de objetos de propiedad del público, especialmente de palco y luneta. “Una cosa se ha perdido/ cinco veces/ lo diré/ si el dueño no reclama/ yo me llevaré/ ¡A las dos!” y empezaban a oírse las voces angustiadas de los perjudicados: ¡mi billetera! ¡mi llavero! ¡mis zarcillos! ¡mis documentos!

Con sus trenzas de columpio, Azalea se acercaba retrechera hacia los agraviados. A unos les decía que les iba compensar con un beso todo lo perdido, a otros les halaba las orejas, les reprendía por descuidados, por haber botado la billetera en la calle, por haber empeñado el reloj en la cantina, por haber ocultado en el chaleco el anillo de compromiso, en fin. El resto del público gozaba mucho con este número, gozaba con los nervios de aquellos que habían sido choreados por nosotros en la aglomeración de las boleterías o en los propios asientos mientras contemplaban ensimismados otras suertes del programa. Por principio, la gente desconfía de todo aquel que tiene que ver con el espectáculo, ya sean las tablas, el aserrín o la farándula. Y por aquello huye del marcado, de la envidia del enano y la fama del gitano, seguramente desconfiaban de nosotros, pensaban que les iríamos a devolver sus billeteras con menos dinero, que podríamos haber sacado copias de las llaves de sus automóviles, baúles y casas. Las señoras creían que les podríamos devolver joyas falsas, billetes falsificados o que podríamos leer en público la fecha de sus nacimientos. El graderío –Y nosotros también– ­gozaba viéndolos contar la plata con los dedos torpes de la avaricia, viéndoles hincar, en el oro de sus pulseras, el diente de la duda.

Azalea excitaba el apremio de los esquilmados:

–¿Cuánto dinero llevaba el caballero en la billetera?

–Quinientos, respondía apuradamente.

–Entonces perdone, decía ella, esta billetera lleva quinientos cincuenta. No puede ser la suya, aunque aquí aparezca una cédula con la foto de un señor parecido a usted.

Y pasaba de inmediato a preguntar a otro.

–¿Cuánto llevaba usted?

–Trescientos –contestaba entre sudores el interrogado.

–No puede ser –protestaba Azalea–, aquí solamente hay doscientos cincuenta. Usted trata de salir beneficiado, de aprovecharse de nuestro bien ganado prestigio, para perjudicarnos.

–No importa –decía el aludido–, devuélvame con lo que usted dice haber en la cartera...

–¡Cómo –protestaba yo indignado, acercándome amenazante con el Gran Puñal Húngaro de Cartón Plateado–; usted está dudando de mi compañera, usted está ofendiendo nuestra profesión!

–De ninguna manera –replicaba con una risita nerviosa el generoso damnificado.

–Pídanos disculpas ordenaba yo, a nosotros y a todo el público, porque el gran público está con nosotros ¿Verdad, querido público?

–Síííí –me contestaban en coro.

Y luego, dirigiéndome a las localidades de gallinero, les decía en tono de consulta:

–Ustedes que están allá arriba en el paraíso ¿estiman que para reparar el honor de todos los presentes, el señor debería pedir perdón arrodillado?

–Síííí –contestaban todos, desgañitándose de la risa, viendo cómo el conejillo obraba presionado por el graderío vociferante.

Bajo ese clímax yo había conseguido de la gente actitudes impresionantes a lo largo de mi carrera artística. Había hecho que lloraran, que se pararan de manos, que se quitaran el saco y me lo entregaran para con él torearlas como a becerras, que se tomaran una pipa de agua, que imitaran el lloriqueo de varios animales. Otras veces, Azalea reunía hasta doce carteras de señora y las vaciaba a todas en un gran pañuelo de seda, de esos que ella usaba las noches estrelladas. Era increíble ver la cantidad de objetos que portaba cada una y la variedad de los mismos: desde una calzonaria agujereada, hasta un gato, una paloma, un salvavidas. Cruel o jocosamente, pero en todo caso desquitándome con esas viejas el resquemor de los demás, yo solía cantar los objetos como si se tratara de la subasta del Juicio Final:

–Uuuunas toallitas sanitarias marca Cruz Roja. Uuuuna cajita de globitos El Polvorete. Uuuuuna dentadura postiza. Uuuuun estofado a medio comer. Uuuuuuuna cabeza de ajo para la buena suerte.

Luego llamaba a las dueñas para que viniesen a recoger lo que cada una creyese que era suyo. Siempre quedaban sobre el pañuelo muchas cosas. Y yo mismo me encargaba de regar la voz de que Azalea seguramente habría puesto algunas en el pañuelo porque de otro modo no se explicaba cómo podían quedar tantas cosas que eran de interés exclusivo de sus dueñas. Siempre les pedíamos disculpas y les compensábamos con sendos regalos.

Eran tan cálidos los aplausos que nos prodigaban que, a veces, ellos y nosotros, olvidábamos que éramos gitanos. Pero para recordarnos estaba el duro siguiente día, impávido como un espantapájaro, el guayabo de la realidad como dicen en la Colombia de Azalea, pues salíamos a la calle y nos quedaban mirando como a animales raros, nos cerraban las puertas en las narices o sujetaban a los niños como si les fuésemos arranchar, pese a que la policía nos seguía prudentemente. Esa misma gente que aplaudía en el circo nuestra habilidad de carteristas y de histriones, esa misma gente nos hacía el vacío en los bares y negocios, se hacía negar en las casas cuando íbamos a leer la fortuna a domicilio. Llegamos a proponer que nos dejaran actuar para las niñas del colegio en el salón de actos o en el patio, pero las monjas se santiguaron diciendo Dios me libre, los gitanos son ladrones y las gitanas prostitutas. A renglón seguido el Intendente envió una banda de agentes a revisar nuestros pasaportes. Algunos respondimos que no teníamos documentos precisos porque habíamos nacido en caravanas, en el rodar del carromato sin fijarnos cuáles fronteras habíamos traspuesto, que el circo era propiedad del mundo, que tenía sus propias leyes y sobrentendidos. Entonces al enano, el famoso Priapín, se le ocurrió apelar a las Damas de la Caridad a fin de que interpusieran sus buenos oficios. Ellas recibieron muy atentas la solicitud; eran antiguas hacendadas del lugar donde hoy transcurrían mano sobre mano viviendo de la nostalgia del pasado, disimulando con el nombre de Damas de la Caridad, la caridad que a ellas les hacían parientes segundones, nuevos ricos. Cultas y ceremoniosas nos manifestaron que harían todo lo posible, que nos harían llegar cualquier noticia oportunamente, que a las órdenes, que ha sido un gusto. Mas, cuando salimos de esa sala de recibo adornada con óleos de patricios y santos varones parroquiales, amueblada con silletería vienesa de esterillas desfondadas, consolas de mármol sin las planchas de mármol y una alfombra deshilachada barrida con digna pobreza, la Presidenta se había echado en brazos de la Secretaria y ésta en los de la Tesorera, al tiempo que comentaban:

–Ya me moría con esos aquí adentro.

–Imagínate, gitana y colombiana. Completita, para qué más.

–¿Y se fijaron en él? Enano monstruoso, saliéndole los vellos por el cuello de la camisa, cubiertos los brazos como mono, con unas cejas que parecían bigotes de mayordomo.

–¡Ay, hija, si tiene tanto vello en las provincias, cómo tendrá en la capital!

–Dicen que algunos enanos son bien dotados.

–¿Estarías vos con un enano?

–Ay, calla, no quiero ni pensarlo.

Pero habría de pensarlo toda la noche y todo el sábado, hasta el domingo que, a la salida de misa, la Presidenta le había vuelto a preguntar:

–¿Te has puesto a pensar qué harías con un enano así de grandazo?

–Sí, le había contestado mohína, apretándole la mano mientras caminaban.

–Entonces hija, manos a la obra, tal cual reza el lema de nuestra institución.

Esa misma mañana consiguieron de la Autoridad la tolerancia del caso para con nuestra condición de trashumantes.

–Nos costó conseguirlo –había dicho la Presidenta a Priapín–, todas las auto­ridades estaban atareadas con un gran contrabando que había sido denuncia­do: un convoy de camiones cargados de cacharro.

–Ya lo sabíamos, había respondido Priapín, el Famoso. Todo el pueblo an­da arremolinado en las aduanas

A poco llegó una comisión de moradores del lugar a pedirnos que les prestáramos la carpa para sesionar porque se había presentado una emergencia en la vida de la ciudad. Ocuparon todas nuestras localidades. Y los que no alcanzaron a silleta ni palomar, se sentaron donde pudieron, en el subibaja de las focas, en el trapecio, sobre las jaulas, en el balcón de la orquesta, en el atril del director, en el columpio de la mona, en las pesas del Asiático Maravilla, en los arneses de los Pegasos, en las barras de los Hermanos Blemón, en la caja de Magú, en fin, hasta en el chorizo del payaso Chispún. Se trataba de evitar que las autoridades festinaran entre ellas las mercaderías capturadas. Atrás de esos grandes matutes están peces grandes, pájaros de alto vuelo, decían unos. Otros señalaban que de la capital ya habían dado orden de remitir todo para allá. Decían que ni siquiera las multas quedarían para la ciudad, que lo mejor sería actuar rápido, tomarse las aduanas y repartirse el cacharro entre todos aquellos que no tenían nada que perder, ni nada que comer, que no tenían ni dónde caerse muertos. Y salieron dando vivas a ellos mismos y mueras a las autoridades, a las aduanas y a la junta militar. Así compactados, vociferantes y armados de palos, palas, piedras, rastrillos, machetes, carabinas, catapultas y bodoqueras, avanzaron hasta el Control de Aduanas, desarmaron a los guardias y en menos de lo que canta un gallo hicieron desaparecer el cacharro más grande que había visto la ciudad: desde un monumento a los héroes de la independencia hasta un secador de pelo, desde relojes de cuarzo hasta un puente desarmable, pasando por rocolas, televisores, excusados y mingitorios.

Antes que las autoridades se enteraran de que habían sesionado en la carpa, antes de que algún soplón fuera a chismearles, decidimos marcharnos por donde habíamos venido, con la música a otra parte. Supimos que cuando había llegado el batallón de refuerzo, no había alcanzado a nada, por más que habían buscado casa por casa, tomado muchos presos para torturarlos hasta que declararan dónde tenían los bultos, habían matado incluso a dos tejedores y un aguador. Pero no lograron nada. La ciudad había quedado en silencio, todos sin lengua, sin responder nada, como si fueran tapias.

Por eso digo que el público de aquí ha madurado mucho. Por eso hemos venido con esta función de aniversario, por eso yo, Bujäs el Gitano más que la mercancía ocultada a tiempo en la caravana del circo, he venido a devolverles la confianza que supieron dispensarme, he venido a entregarles la memoria de estos hechos en homenaje a los tejedores y el aguador muertos, así como también a recordar a los Peluzzo, por quienes aprendí a reconocerme en los desesperados de todos los lugares y de todas las épocas, y de quienes descubrí que eran mártires gitanos de Fiume, ciudad que en verdad se llama Rijeka a orillas del Adriático yugoeslavo. Pero sobre todo descubrí muchas suertes –gitanerías, como llama la gente– de esas que no se dicen pero que uno las lleva para siempre en la manga y en el corazón para cuando se ofrezca.


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© Iván Égüez

13.12.06

Colombia Truque Vélez

Algo que no sucede todos los días

Me puse a llorar con ellos. Sí, simplemente lloré yo también. Estaban todos en la sala, velando al difunto, y ya hasta los vecinos y alguno que otro amigo de la familia se habían hecho presentes.

Encontrarse un muerto en casa al volver del trabajo es algo que no sucede todos los días. No me extrañó que no me hubieran avisado, ni que ahora nadie pareciera percatarse de mi presencia. De todas maneras nunca habían parecido percatarse demasiado. Hasta era raro que me devolvieran el saludo que desde la puerta yo les dirigía cada noche al volver. Mamá siempre ocupada en prodigar mimos a sus gatos; papá leyendo el periódico o de cabeza en los noticieros y cuanto partido de fútbol; mis hermanos encerrados en el mundo aparte de sus cuartos de puertas cerradas; la tía Angustias amarrada a las cuentas de su rosario y al lecho en que cada día era presa de algún inevitable achaque raro; y don José, ese señor perpetuamente ausente... No le conocíamos sino el color de su desusado sombrero gris; nadie en la casa lo había visto sonreír jamás.

Es evidente que mi familia no era en extremo comunicativa. Por eso preferí, sin preguntas, dejarme contagiar por el ambiente singularmente emotivo que parecía haber asaltado la casa esa noche. ¿Quién sería el muerto?, me pregunté al ir viendo uno a uno los rostros humanizados por la tristeza de mis cuatro hermanos, todos de pie, muy compungidos y corteses, dejando los asientos a las damas del velorio. También papá y mamá, juntos por una vez después de quién sabe cuánto, lloraban sentados en el pequeño sofá negro que en días normales servía para separar los ambientes de la sala y el comedor. Pensé entonces si no sería la tía Angustias, una buena candidata a juzgar por sus achaques. Pero no; de repente la vi salir de la cocina con una bandeja de tintos que empezó a repartir por el lado opuesto de la sala. Don José, pensé, y en ese preciso instante salió don José de su habitación, esa puerta siempre cerrada al fondo de lo que de ordinario era el comedor y que hoy, excepcionalmente, se había convertido en capilla ardiente, sombría, con tan sólo cuatro cirios alrededor del ataúd. Don José se había puesto un serio, casi dramático, traje negro para acompañar el velorio y por primera vez lo veía sin su sombrero gris. Que sonriera en esta ocasión podía por el contrario considerarse fuera de toda posibilidad.

A estas alturas cualquier otra persona en mi situación hubiera atravesado el salón, muerta de curiosidad (valga la redundancia), para mirar quién estaba en el ataúd, quién era ese muerto que familia, amigos e incluso yo, llorábamos esa noche. Más que un hábito, limitarme a imaginar las cosas sin molestarme en comprobarlas, era en mí una preferencia. Imaginar qué harían mis hermanos en sus cuartos; qué diría mi madre si yo le mostrara el vestido que había comprado ese día; qué orgulloso se sentiría mi padre al saber de mi ascenso a jefe de cuantas corrientes en el banco donde trabajaba. Observar a los demás, ver cómo se mueven y actúan, cómo acompañan las palabras con gestos para conformar ese mundo personal, reservado en exclusiva para cuando los demás están ahí y son partícipes, aunque sólo sea mínimamente de lo que somos, era también una manera de no preguntarme nunca qué era lo que esperaban de mí. Y –ahora me daba cuenta– ese había sido un factor muy probable en la decepción que frente a mí percibí algunas veces, no sólo en mis familiares, sino incluso en algunas amistades intentadas en vano en el pasado. De manera fugaz, alcanzó a rozarme la idea de que el muerto fuera alguien del vecindario. No podía ser, y me impedí tajantemente seguir por ese camino de la suposición. No llegaba a tanto la generosa generosidad de la familia, a menudo mejor dispuesta hacia extraños que hacia propios. En eso estaba cuando tía Angustias llegó hasta mí con su bandeja. Iba a pasar de largo y a mí me pareció que era el colmo. Ni siquiera iban a ofrecerme tinto. La agarré del brazo, porque es cierto que uno es de la casa, pero tanta descortesía..! Ella soltó un aullido; la bandeja fue a dar al suelo en medio de un reguero humeante de café y trozos de loza. Y tía Angustias cayó cual redonda era. Intenté excusarme pero mi voz resultó tan ineficaz como esos gritos que uno trata de dar en las pesadillas. Con un fuerte presentimiento, me acerqué precipitadamente a la caja. Aquí estoy yo (dije o pensé, lo que en circunstancias como éstas es casi lo mismo). Observé que el aullido aterrador de tía Angustias había tenido el efecto de disparar a las señoras de sus asientos y hacer entrar a los hombres que conversaban en el jardín.

Claro que esos gritos y aspavientos, todo ese alboroto que perturbaba mi velorio, no fueron culpa mía. Al fin y al cabo era la primera vez que estaba muerta y podía perdonárseme la torpeza. Miré las caras de mis padres; habían redoblado el llanto. Unas vecinas se ocupaban de tía Angustias en uno de los cuadros de arriba. Mis hermanos salieron al jardín y encendieron unos cigarrillos. Los fumaron como sombras, acodados a las rejas. La muerte era el mejor puesto de observación que nunca hubiera imaginado en mi vida... Mejor dicho, ya ni diferenciar entre vida y muerte me pareció importante porque volver a casa y encontrarse uno muerto es algo que definitivamente no sucede todos los días.


Colombia Truque Vélez. (Bogotá, Colombia). Poeta, cuentista y traductora. Obras: Palabras de sueño y de vigilia (1984), Otro nombre para María, Premio Nacional de Cuento (Colcultura, 1993) y Poemas al margen (1997). Actualmente está trabajando en un nuevo libro de cuentos y haciendo un proyecto musical con compositores brasileños y un colombiano (Fernando Linero). E-mail: ctruquevelez@yahoo.es


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Renata Durán

Cuento de agua

I.

Su-Nú crecía en los jardines de O.

Sus madres la habían acompañado durante un tiempo sonámbulo. Recordaba sus risas suaves cuando ella, con apenas tres años, había tocado la piedra, asombro­sa, enorme, sobre la que corría el agua cantando. Esa piedra que escondía diminutos espacios redondos, carnosos, de un verde fresco. Tocar las grietas vege­tales de la piedra y tocarse sus labios. Así compren­dió.

Días y noches pasaron y Su-Nú conocía cada vez más. Aprendió a distinguirlos sonidos del aire. Descubrió la montaña. Besaba los troncos de los árboles. Alcan­zaba cada día un sabor escondido. Ácidas gomas. Mieles. Acariciaba la piel arrugada de los árboles. Paseaba su mirada por ese cielo recortado que el árbol dibujaba en el techo del mundo. Era feliz de la sola manera que se lo puede ser: sin saberlo.


Siete noches antes, sus madres se sentaron en círculo. Prepararon el fuego y la llamaron. Ella se detuvo al pie de la hoguera, en el centro. Miraba asombrada su cuerpo. Había estado tan distraída con el agua del río. Habían desfilado en esos mil espejos, ciudades, gue­rras, juegos de niños, animales fantásticos. Ella había vivido sobre el agua, mirando.

Esa noche descubrió su cuerpo. La sorprendió. Tenía un color desconocido. Cálido. Tocó sus senos. Eran como los lotos en el agua. También temblaban. Aca­rició su cuerpo recién encontrado. Un áspero vello negro se enredaba entre sus piernas y una hendidura le recordó que seguía para adentro. No había límites en su cuerpo. Todo se devolvía hacia dentro.

Esa noche sus madres cantaron una vieja canción. Ella miraba el fuego. El origen de todo, le habían dicho. Las llamas chisporroteaban en el aire caliente. Miraba fascinada sus piernas abiertas que se prolon­gaban sobre la arena en dos sombras negras. El suelo dorado. Las diez puntas perfectas de sus dedos apun­tando. ¿Hacia dónde? Sabía que al día siguiente, con el alba, comenzaría su viaje. Sabía que esos pies duros que miraba, serían su cotidiano paisaje sobre el mun­do. Andar y andar, como los ríos.

Un hilo de líquido caliente rodó por sus piernas. Había llegado la sangre anunciada.

Su-Nú era ahora una mujer que andaría por el mundo.

Sus madres danzaron a su alrededor en anillo cerrado. La sangre creció. Se desbordó. Ella se bañaba en su sangre. Su-Nú reconocía su sangre. Después lloró, durante la última noche.

El agua salina de sus lágrimas limpió su cuerpo y fue a dar a sus pies. Con el alba, el desierto había bebido todo. Sus madres se habían esfumado y Su-Nú se echó a andar por el mundo.


II.

Hacia el Sur, le habían dicho, siempre hacia el Sur. Un día encontrarás un hombre antiguo con una enorme cabeza. Allí quedará tu morada y acabarás tu viaje.

Su-Nú había escuchado hablar de aquel hombre. Era el único habitante de los confines del mundo. Nadie sabía si era, o no, mudo. Algunas gentes decían que se callaba porque cuando hablaba, sus palabras eran pesadas piedras que producían cataclismos. La última vez que él había hablado, la tierra se resquebrajó y hoy había un cráter profundísimo en la mitad del mundo.

Por eso, decían, se calló.

Su-Nú atravesó desiertos. Ascendió la montaña. An­duvo sin reposo por los cuatro caminos. Agotó los distintos territorios del fuego. Nunca se fatigó. Sus pies, a veces, fueron alas.

Un día llegó.


III.

La casa era un larguísimo corredor.

Dos muros paralelos blancos. Erigidos sobre el de­sierto. No había puertas, ni ventanas, ni techo. Sólo dos largos muros frente a frente señalando un estrecho camino. Su-Nú comenzó a andar entre dos muros. Sentía que ascendía una espiral. Si miraba hacia arriba sólo veía el cielo. Cuando creía que había cerrado el círculo iniciado al entrar, y que estaba de nuevo en el mismo sitio del comienzo, se sorprendía viéndose cada vez más arriba. Vueltas semicerradas. Ascen­dentes. Círculos abiertos, resueltos en más grandes círculos. Así subía Su-Nú, hacia su destino.


IV.

Tao sentado desde siempre en el letargo, preparaba sus ojos para el encuentro. Dibujaba pájaros en el aire con el movimiento de sus manos desarticuladas de las muñecas. Imaginaba Dioses. Su boca cerrada desde la eternidad, temblaba. En sus ojos sólo cabía el oro quemado del color de Su-Nú. Sus sentidos salían de un antiguo estupor. Diferenció perfumes, algo en la atmósfera. Un sabor. Finísimas agujas. Susurros. Ru­mores. Musitaciones. Lenguas que imitan el sonido del agua. Labios que hacen burbujas. Millones de dientes que dejan, apenas, atravesar el aire, absor­biéndolo todo hacia un vórtice ignoto.

Su-Nú, exhausta, se acercó a la enorme cabeza milenaria. Besó la piedra, la acarició. Se tendió sobre ella: Hasta entonces ignoraba el deseo.

«Tienes que retenerte –le habían dicho a Tao sus ancestros– no debes derramarte. Por tu sexo circula la savia de la vida. Cada vez que desees a una mujer, retente. Así preservarás el universo. Llévalas al recin­to cerrado del éxtasis, succiona su agua y guárdala. Tendrás en tí el origen y el final. Serás el centro.»

Tao, que había obedecido este sagrado mandato a través de los siglos, sintió que el deseo crecía, no podía contenerlo. Océano apretado en una bolsa de aire. La inminencia del caos. Por todos sus resquicios se filtraba el delirio, el convulso combate de sus aguas secretas, marea de equinoccio: el astro desnudo del amor llegó a su plenitud.

Ardió, por fin, el tiempo.

Sintió que una lava remota, profundísima, salía de sus ojos de piedra. La lava seminal. Supo que estallaría.

Con su eterno fluir, el finísimo aceite genital de Su-Nú y la espuma milenaria guardada en la cabeza de piedra de Tao inundaron al mundo.

Así se extendió por la tierra el agua de la vida.


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