<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990</id><updated>2012-02-16T04:30:10.974-05:00</updated><title type='text'>Revista Común Presencia CUENTOS</title><subtitle type='html'>Antología de cuentos aparecidos en la revista Común Presencia. Textos de los colaboradores colombianos y extranjeros que han enlatecido las páginas de nuestra publicación</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>10</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-7394338709680949042</id><published>2006-12-14T11:50:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T11:52:54.445-05:00</updated><title type='text'>Carlos Arturo Truque</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:180%;" &gt;&lt;b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:14;"  &gt;La diana&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'line-height:150%;font-family:Arial';font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;La diana&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'line-height:150%;font-family:Arial';font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:14;"  &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Le iban a cantar diana*, muy al amanecer. Pero no era en eso ni en el coronel Ruperto García en lo que pensaba. Le preocupaba más Marcela y las rosas rojas, el pueblo solo, o casi solo, –él, la mujer, el cura– las dos hijas que ella le había dado y hasta el hecho de que hiciera un verano tan intenso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Tal vez el cura pueda... –pensó en voz alta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Pero no; el cura no podía. Tenía las manos temblorosas; y para sacar a un hombre se necesitan manos firmes y duras como las de Matea, que de eso sabían desde toda la vida. No habría, entonces, nadie para él. Marcela tendría que vérselas sola, revolcarse sola y tragarse los dolores también sola. Ya se lo había dicho en el monte, antes de volver al pueblo; pero a ella le crecía la cintura y en el monte, según dijo, era imposible parir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Un hombre no se pare como un perro... –dijo esa vez Marcela. Y ella era así, imperativa, más parecida a un macho que a una hembra, fuerte como un verano. Él midió el asunto, «un hombre no se pare como un perro», dudando entre salir y no salir, tendiendo en la cabeza a Ruperto García –el coronel y su compadre– alegre por lo del macho, después del desencanto de dos hembras.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Qué caracho, se dijo él también, «un hombre no se pare como un perro!»...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Pero no estaba muy firme. Tal vez la frase fuese otra. ¿Quién podría asegurar que era un macho?...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;En eso era en lo que pensaba mientras miraba desde la ventana de la cárcel el vivaz de Ruperto García y su tropa de cholos esmeraldeños y negros, traídos a la fuerza del Patía. Con el coronel tenía una deuda vieja, de cosas de «quién es más hombre»; pero la creía saldada desde cuando se largó, dizque a parar a sable a los de la revolución. Luego le contaron que andaba por los rumbos del Tapaje, metido a coronelote, siendo el mismo bribón de Telembí. Lo que, en verdad, se estaba dando eran sus buenas contrabandeadas, metiendo por los esteros su poconón de mercancías al amparo de la legitimidad. El coronel ya era bellaco antes de ser coronel; pero esto de ahora era mucha bellacada: eso de entrar al pueblo solo con su hedionda gente y buscarlo a él, a su compadre, para cantarle una diana, no tenía nombre. Y más sabiendo que Marcela estaba para reventar. No ignorando eso, iba más allá de la raya el tenerlo encerrado esperando el alba para azotarlo con las varas de las rosas rojas de Marcela, regadas con agua subida del río –porque, con el verano, de lluvia ni gota... Esto, con todo lo grave que era, no le preocupaba mucho. La diana era para el alba –prematura en los tiempos de sequía– y el reventón de la mujer, para cualquier momento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Eso era lo que más la atormentaba. Saber que iba a tener que hacerlo todo sola, en un pueblo desierto y sin Matea, con una toalla entre la boca, viendo en silencio los ojos de miedo y repugnancia que él ponía al pasarle la jofaina con agua caliente y los algodones y el alcohol. Y luego tomar «eso», grasiento, y meter el dedo en el platón para saber si era de ese modo el agua; y preparar el cuchillo quemado para cortar la tripa y amarrarla con pita, para a poco decir con voz que trataba de hacer suave:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–No es un hombre, Marcela!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y para sí pensar que ella no iba a darle un macho nunca.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Desde allí volvió la frase, inquieta como mariposa –frase de ella, rotunda, dura como guijarro, construida por el macho que le andaba por dentro:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Un hombre no se pare como un perro... –dicha por la mujer, y así, con la ligereza con que soltaba las cosas de que estaba cierta; del mismo modo que dijo cuando el coronel mandó a tres de sus cholos por él, «ese compadre Ruperto es un hijueputa», sin rubor, de la manera más natural del mundo, dejando que las palabras vertieran todo el odio con que fueron creadas, tal cual las soltó el primer ofendido de la tierra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Las palabras no duelen por lo que son en sí, sino por su correspondencia con quien las recibe; y el coronel era desde chiquito lo que Marcela había afirmado que era. Su recuerdo nunca se apartó de hechos desagradables, en la misma proporción en que eran desagradables su figura rechoncha y su bigote grueso y su modo de andar. No comprendía por qué lo había hecho su compadre. Tal vez ella lo supiera, porque, al fin y al cabo, era la encargada de las sinrazones como lo son todas las mujeres.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Fue ella precisamente quien dijo, después del grito y las cosas que Matea hacía como de ritual, mirándolo cara a cara: «es la de Ruperto García». Inmediatamente volvió la cabeza hacia la pared y se quedó profundamente dormida. Él salió a la tienda y se sentó junto al hombre que jugaba dominó –haciendo trampas como de costumbre, mirando el juego ajeno con disimulo, poniendo «boquecaballos»– y le dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Marcela tuvo una niña...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Ruperto García apartó las pupilas de las fichas y lo miró como quien no quiere mirar; después susurró entre dientes:&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Para zamparle un macho a Marcela se necesita un hombre... –y se rió con su risa vulgar, abierta como piernas de prostituta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Él se quedó en silencio, aguantando las miradas burlonas de los jugadores, sintiendo que la mano se le corría sin querer hacia el pomo de «la acanalada», pronta al rescate de la hombría; pero recordó a la mujer que dormía y sonrió estúpidamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Mucho tiempo después, y, desde luego, ahora, sentía el peso de esa pasada cobardía sin raíces. Porque, se razonaba, –como sentenció ese día Matías Gamboa– «cuando un hombre humilla a otro una vez, ya no dejará de hacerlo nunca». Pero lo que había hecho era por ella. Antes de salir a la tienda se interrogó sobre lo que pensaba Marcela al hacer su compadre a un majadero como Ruperto García, tahúr de profesión y bravo de pueblo; pero se consoló pensando que eran cosas de ella, muy respetables, porque, según su modo de ver, era quien había parido y eso le aseguraba el derecho de buscar compadrazgos con quien le viniera en gana. Por eso entró a la tienda y se sentó al lado del hombre y le dijo lo que le dijo. No precisaba bien cómo; pero acabó por decirle que la mujer quería que le apadrinara la hija. Él dijo o masculló un «anjá», mientras colocaba un cuatro para cubrir un cinco, sin agregar un no o un sí, acariciándose suavemente el bigote espeso y ancho, haciendo como que ordenaba el juego, con las arrugas de la frente apretadas, temblándole extrañamente las pobladas cejas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Luego se levantó y se fue a lo largo de la calle polvorienta, con el sol duro cayéndole a plomo sobre la espalda dura.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y retornó a Marcela con eso de «ese compadre es...»; y él se confesó que sí, que era como ella decía y que de igual manera debía ser verdad lo de que «un hombre no se pare como un perro y lo de las varas de las rosas rojas en el alba de espinas que aguardaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Oyó a alguno diciendo afuera, «pica la calora, pica»; y se percató de que sudaba con sudar salobre y fuerte, de olor agrio y repulsivo, de negro ensoca-vonado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y, en verdad, él se vio así, ensocavonado, preso, víctima de un compadre que no era ningún compadre; y por ese pensamiento imaginó ver el alba –como cuando uno abre una pestaña y ve al mundo abriéndose, primero de afuera hacia adentro y luego de adentro hacia afuera– y recordó a la mujer, rompiéndose como una rosa desde la noche profunda hacia la aurora sangrienta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Entonces vino alguien y miró por la ventana y algo dijo que él no escuchó; pero sonó más tarde un clarín alto y fuerte que lo hizo entender. Se quitó la camisa, despacio, y así, sí le picó el sol sobre el cuero desnudo, la carne prieta de mestizo como una vara de rosa con espinas menuditas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;«Ese compadre Ruperto...», se dijo al recordar la diana; pero no con la frase de ella, sino con el odio suyo y preguntándose –porque debía ser ya la hora– si habría ido Matea y si sus manos estarían, como en otra ocasión lo estuvieron, abriéndole paso a la vida. Y allí la tuvo de nuevo, en el monte, alta la cintura y ancha la cadera, firme y resuelta, con ese ademán suyo desconcertante, haciendo sola su fuerza, volcándose entre desesperada y gozosa de las entrañas hacia el mundo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;«Para zamparle un macho a Marcela»..., creyó oír. Y vio entonces, ciertamente, a Ruperto García, no ya en la tarde de tienda cuando jugaba dominó y él le dijo: «Marcela tuvo una niña», sino en la plaza, entre su tropa de cholos y negros patianos –la misma figura y el mismo bigote– aguardándolo; y entendió por qué la mujer antes de volverse contra la pared y quedarse dormida, dijo las palabras que por más que hizo nunca antes pudo desentrañar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Esto de ahora era sólo el nudo final y doloroso de gestos antiguos y maneras de mirar, también antiguas, que no había notado o no había querido notar; era algo que tenía mucho que ver con muchas otras cosas y con esa tarde que el coronel se fue a lo largo de la calle polvorienta con el sol sobre los hombros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Eso era todo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;O tal vez no lo era; porque un cholo descorrió el cerrojo e inundó la celda de amanecer. Él salió siguiendo al hombre hasta la plaza donde ya el coronel tenía la cholada en formación; y por entre ésta pasó, casi indiferente, notando únicamente que el banquillo, destinado a doblarlo más tarde, daba frente a la banda de guerra –tres negros de tambor y un blanco, corneta, de cara amarilla como bilis– y que le tocaba también darle la cara a García.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;El mozuelo amarillo del clarín hizo la cara a un lado, levantó su instrumento, y sopló por él un son estremecido. Le divisó claramente el carrillo inflado y el punto rojo en medio, donde apuntaba el esfuerzo, y pensó de inmediato en una postema grande con el ojo a punto de reventar. Y eso mismo le trajo, como un ritornello perenne, la frase de Marcela en el monte y el sonido de «eso» al salir, dejándola exacta, con los flancos iguales a dos faldas a las que se le hubiera derribado de repente un cerro. Luego volvió a ver a Matea en la mecedora, haciendo el duerme–vela, mirando la rosa roja y convulsa, atenta al «todavía–no» para dar respuesta a sus urgencias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;No pudo recordar más, porque en ese preciso momento cayó sobre su espalda una vara larga que le dejó un camino ardoroso. Y luego vino otra, y otra más; y fue en eso cuando tuvo la conciencia vaga de estar haciendo eso mismo que hacía cuando iba al patio y se acurrucaba mientras miraba pasar el río ancho y perezoso. No tardó en sentir por entre las piernas algo tibio que se escurría. Le ardía la espalda como una llaga viva. Quiso gritar, quejarse; pero vio al coronel al frente, se dijo que un hombre era siempre un hombre, y se tragó el dolor como Marcela se tragaba el suyo al revolcarse con el primero que causa siempre la vida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Volvió a alzar la mirada hacia él; pero sólo vio al cornetica pálido haciendo a un lado el rostro con la postema hinchada y su punto rojo; luego advirtió, asunto que no había advertido, las manos negras haciendo bailar sus palitos sobre el cuero. Claro los vio brincar como si quisieran, de pronto, correr de ese sonar que sólo terminaba al diluirse la última quejumbre del corneta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y otra vez el varazo; y también otra vez el cornetín y los tambores y también el dolor de alfileres clavados entre los riñones.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Por entre el ojo acuoso observó a un cholo y le pareció que se doblaba o derretía como cristal fun-dido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Percibió lejana la voz de García gritando: «La sal, carajos, la sal», y, para sí, se dijo que no iba a resistirla en la espalda llagada. Le iba suceder igual cosa que al hombre a quien una vez le cantaron su dianazo y se quedó doblado para nunca ya más. Y abrió grandes los ojos para mirar por vez postrera ese trozo de tierra, como para que se le quedara pegado a las retinas. Pero vino lo que tenía que venir: un incendio atrás; los nervios que saltaban ensoberbecidos y juntaban un dolor con otro para formarle uno grande, insoportable. Arqueó los lomos como potro chúcaro con la molestia del jinete, como para quitárselo y arrojarlo lejos, pero esa cosa seguía allí ardiente, metida entre la carne dolorida. Y le pareció que al dirigir la vista al frente el alba se le cerraba, e imaginó que se la estaba sorbiendo por los ojos, de afuera hacia adentro. Escuchó, como entre quien duerme y no duerme, una voz diciendo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Es un hombre, carajo, es un hombre...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y él, sin saber por qué se acordó una vez más de Marcela y las varas y las rosas rojas, todo en uno, confundido; y recordó eso de ella en el monte y su manera de ser imperativa, mientras el mundo se le iba diluyendo en una masa de sombra densa. Y se escuchó con voz desasida, sola y vaga, diciendo: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;–Sabía que iba a ser un hombre...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Y luego se le perdió todo en un lejano sonar de cornetas y tambores.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Fue en el 901, durante la guerra de los Mil Días, y una vez que un mentado coronel García, de las fuerzas de la legitimidad, entró a un pueblo dormido en una orilla del río Telembí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:10;"  &gt;* Diana: práctica de la guerra de los Mil Días. Consistía en azotar con varas de rosas, al amanecer, al son de bandas marciales, a quienes caían en manos de las fuerzas en pugna. Casi nadie sobrevivía a tan bárbara costumbre.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:10;"  &gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-7394338709680949042?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/7394338709680949042'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/7394338709680949042'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/carlos-arturo-truque.html' title='Carlos Arturo Truque'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-4140317612526985792</id><published>2006-12-14T10:55:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:56:10.081-05:00</updated><title type='text'>José Chalarca</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:180%;" &gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Mozart en desconcierto&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;Mozart en desconcierto&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;    &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;¡Por qué diablos no hacen ropa para niños! Confieso que no puedo querer ese retrato que me hizo Lorenzoni en el que aparezco luciendo el traje que mandó a confeccionar para mí la emperatriz María Teresa. Es más, a veces siento que lo odio. No porque esté mal pintado o le falte calidad sino por la imagen que proyecta: ¿Soy un niño de seis años disfrazado de adulto? ¿Soy un adulto enano que se confunde con un niño? O, a lo mejor, es el fantoche de lo que mi padre, Leopoldo, quiso hacer de mí: un adulto metido en el cuerpo de un niño para ganar a su costa dinero y posición. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;¡Maldita sea! No lo sé. Lo único cierto es que cada vez que lo miro me enferma. Y el vestidito de marras, confeccionado con las mejores telas del mercado vienés, recamado con los adornos más finos, me vistió para muchas otras galas que tuvieron lugar después de la de la noche en el palacio de Shoenbrunn cuando toqué, en compañía de mi hermana Nannerl el primer gran concierto de mi vida. Por varios años fue lo primero que empacaron en mi equipaje, pues, para regodeo de mi infortunio era demasiado fino y yo no crecía mucho.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Pero no es solamente eso lo que me angustia. También mi padre con su actitud. Creo que nació con el corazón arrodillado, siempre detrás de los ricos y de los poderosos para sacudirles el polvo de los zapatos y adularlos hasta la abyección si era necesario para impulsar mi carrera o lograr la plaza de director de orquesta en la corte de cualquier noble.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;En ocasiones siento como una maldición mi facilidad para la música. Que bien mirada no es extraña porque mis primeros pasos los di entre partituras, y papá que no era ningún tonto, se dio cuenta inmediatamente de que lo que no le había deparado su talento de compositor, intérprete o maestro, se lo podría dar yo si manejaba bien mis habilidades. Y acometió la tarea sin ningún prejuicio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Él mismo me enseñó a leer y a escribir. Andaba por los tres años cuando cogí el manual que había preparado para que mi hermana tocara el clavecín. Fue mi primer encuentro cara a cara con la música que se constituyó desde entonces en mi paraíso y mi calvario.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;No quisiera admitirlo pero me da vueltas y vueltas en la cabeza la idea de que más allá de ser su hijo soy su negocio, su fuente de ingresos. Hasta ahora no he escuchado cómo habla de mí, cómo me presenta, de qué discurso se vale para ofrecer mis conciertos y ponderar mis virtudes de compositor precoz. Sin embargo, por el gesto del público que asiste a mis presentaciones, deduzco su desencanto por no encontrar en mi corta anatomía el prodigio sobrehumano que les vendieron.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Gracias al apetito desmesurado por el dinero que aguijonea la voluntad de mi padre no logro sentirme de ninguna parte. Mis relaciones sociales son nulas, no tengo compañeros de juego ni amigos. Soy el más solitario de los solitarios y el más paria de los parias. La primera gira de conciertos que se inició cuando yo tenía seis años se prolongó por tres y en su curso llegamos hasta Londres. Mis presentaciones dieron para los gastos de transporte, de hoteles, de posadas y no sé para cuántas cosas más. Nunca he sabido el monto de lo que recaudó en efectivo y en regalos que luego convirtió en numerario. Seguramente fue muy grande. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Mi querido Fritz, perdona si te fatigo con esta confesión de parte; tenme un poco de paciencia y escúchame porque, si no lo cuento me ahogo. He compuesto infinidad de piezas que tiro aquí y allá. No me preocupa ordenarlas porque sé que luego vendrá un tal señor Koechel quien se ocupará, por amor a mí y a mi obra, de clasificarlas rigurosamente. Él llegará a saber de mi música mucho más de lo que yo sé. En ella hay de todo: sonatas para violín, sonatas para piano, para piano y violín, para vientos, música para conjuntos de instrumentos, óperas, misas, oratorios, canciones. Pero ¿sabes qué es lo que me resulta más doloroso y humillante? Que muchos no creen que sean mías y han tenido el descaro de someterme a pruebas extenuantes como componer piezas sobre temas propuestos por las gentes en plazas públicas. El mismo arzobispo de Salzburgo, incrédulo de los éxitos que con seguridad había exagerado la charla fanfarrona de mi padre, tuvo el cinismo de encerrarme durante ocho días para que compusiera un oratorio, prueba que cumplí a cabalidad y que me ganó la confianza del prelado e hizo posible la representación de mi ópera La Finta Simplice.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;A estas alturas no se si quiero a mi padre. Soy conciente de lo que hace por mí y tengo muy claro que yo, solo, no hubiera llegado a donde estoy –si es verdad que estoy en alguna parte–. Pero, también lo siento pegado a mí como una sangujuela chupándome la sangre y la vida. No me deja un instante a solas, siempre está a mi lado o detrás de mí como si fuera la proyección de mi sombra. No me permite la más insignificante intimidad; está como metido entre mi carne y mi piel para impedir cualquier tentativa de que me asuma, de que sea yo, como si temiera que eso lo sacaba de mi entorno con lo que perdería entonces su carácter de empresario, no, de dueño y curador de la gallina de los huevos de oro y de su promisorio corral.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;El estudio y la composición han ocupado todas mis horas. Él programa cada movimiento; cada minuto de mis días. Su sobreprotección es tan exagerada que en ocasiones pienso y siento que no puedo nada sin él, que ha hecho de mí un perfecto inútil. Estudio y compongo pero no lo que yo quiero sino lo que mi padre cree me puede, corrijo, le puede servir, y creo la música que quieren los que pagan el encargo. Única y exclusivamente lo que es la moda del momento en el estilo y a la manera italiana, la que impera por ahora en el mundo musical.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Lo que me saca de quicio con más fuerza al componer piezas por solicitud de clientes, es la suerte que corren en la interpretación. Las que tienen por destino el lucimiento de quien las pide para festejar un cumpleaños, una boda, la visita de algún personaje. Si las ejecuta una buena orquesta sólo se resiente por la falta de atención de la concurrencia para la que acaba siendo la cortina sonora de su charla o el elemento que mimetiza el eco del último chisme.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Las que corren con peor suerte son las que compongo para ser interpretadas por un príncipe o cualquier noble que aporrea el piano o azota el violín. Pero éstas, al menos, me brindan la oportunidad de cobrar venganza porque la aparente facilidad interpretativa que les imprimo hace sudar gotas de su preciada sangre azul cuando las tocan. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;¡Oh Fritz, amigo! Hay días –y hoy es uno de esos, en que me angustio hasta la desesperación por esta vida que llevo. Entiéndeme, no es la música ni la carga que acarrea mi condición de niño prodigio. No. Lo que me desespera es que no pueda ser quien creo ser, el adolescente que fisiológica y emocionalmente soy. Que no pueda disfrutar de la haraganería inconsecuente que les cabe a los seres humanos de mi edad. Cómo me gustaría experimentar la sensación que produce escaparse de clase para jugar o darse un chapuzón en el río.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Pero yo no tengo derecho a eso porque siempre estoy en función de figura pública, porque eso no le queda bien a un ser prodigioso de la talla que dicen soy yo. ¡Al infierno todo! ¿De qué vale ser tan brillante si no puedo desahogarme cuando el cuerpo lo pide?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Dizque soy un gran músico, dice toda Europa. Vaya&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;gracia, y no se me permite escribir la música que quiero, la mía, la que pide pentagrama desde lo más profundo de mi ser, hecha de mi sangre, de mi entraña, de mi hiel. Me está absolutamente vedado dejar traslucir el más insignificante tono de tristeza, que refleje la angustia que me atenaza el alma. No puedo permitirme el lujo de sentirme y, menos aún, de mostrarme desesperado. Esa, Fritz, es la razón por la que gran parte de la música compuesta por mí hasta ahora, está en modo mayor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Hoy siento que he llegado al límite y sería capaz de cualquier cosa. Nos mudamos de casa y aunque la nueva es mucho mejor que la que habitábamos, todo está desordenado. Extraño mis rincones y mis cosas que siguen empacadas no se en qué fardos. Mira, creo que se me exige demasiado: hemos realizado varios viajes a Italia en los últimos tres años y no han sido ningunas vacaciones porque estuvieron&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;copados&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;por conciertos y extenuantes jornadas de estudio con los compositores más destacados de las distintas ciudades que visitamos. El solo ajetreo de los caminos y los carruajes incómodos es ya suficiente para dejar fuera de combate al campeón más esforzado y yo soy apenas un niño.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;En estos últimos días después de mi regreso de Viena y a escondidas de papá que en gracia del trasteo me ha quitado los ojos de encima, compuse esta sinfonía en Sol Menor que te encargo guardes bien mientras nos instalamos del todo en la nueva residencia y encuentro un buen escondite en el cuarto que me asignen. No digas a nadie que la tienes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Fritz, en esta pequeña sinfonía derramé todas mis congojas y estoy seguro de que es lo mejor que he logrado componer hasta el presente. No creo oportuno darla a conocer por el momento: las síncopas reiteradas del comienzo, el dramatismo de la caída de séptima disminuida, los acordes que dan las cuatro trompas no son lo que la gente quiere oír&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y, seguramente, mis enemigos dirán que la pieza, toda, es un atentado contra el buen gusto establecido por la dictadura de la música italiana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Queda en tus manos. Publícala y hazla ejecutar solamente si algo grave e irremediable me ocurre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;José Chalarca.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt; (Manizales - Colombia, 1941). Autor de los libros de cuentos: &lt;i&gt;Color de hormiga &lt;/i&gt;(Colcultura, 1973); &lt;i&gt;El contador de cuentos &lt;/i&gt;(Imprenta de Caldas, 1975); &lt;i&gt;Las muertes de Caín&lt;/i&gt; (Común Presencia Editores, 1995); y de Ensayo: &lt;i&gt;Yourcenar o la profundidad&lt;/i&gt; (Imprenta de Caldas, 1989) y &lt;i&gt;La escritura como pasión&lt;/i&gt; (1996). Ha escrito además una decena de libros sobre el tema del café&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-4140317612526985792?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/4140317612526985792'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/4140317612526985792'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/jos-chalarca.html' title='José Chalarca'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-8329370174599040154</id><published>2006-12-14T10:51:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:54:17.561-05:00</updated><title type='text'>Ignacio Ramírez</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;b style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;La toalla de Tirofijo&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;La toalla de Tirofijo&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Por razones de oficio fui testigo de las reacciones de Tirofijo cuando se enteró de la noticia que estaba en la primera página del diario, en un titular grande y vistoso bajo una foto del Don con su toalla roja terciada sobre el hombro derecho, la mano zurda apoyándola para que el viento no se la llevara monte adentro, la cachucha verde, nueva, ladeada hacia la izquierda por consejos provenientes de otras tierras supuestamente socialistas donde los manuales de protocolo mandan que todas las puntas de todas las cosas señalen hacia ese flanco por razones simbólicas subliminares que son las que obran de manera horadante en estudiantes y obreros y sindicalistas y toda suerte y toda desgracia de buscadores del norte del universo. Al lado, en la gráfica bajo el titular, el presidente en manga corta y con mayúscula en el título. Daba risa verle el bigotico de roedor y palparle el nerviosismo que inducía a pensar si provenía del miedo a la posibilidad de una retención alevosa y repentina en plena selva o de la payasada de andar de tú a tú todo un muchacho del Sancarlos con el arisco combatiente que sonreía de soslayo pensando en la diablura cumplida de haber obligado al mandatario Lázaro María a ir hasta su guarida montuna a suplicarle treguas y equilibrios porque nada diferente a la abyección había funcionado. Mientras más asqueroso sea el cuchuco más copiosas serán las votaciones le había enseñado su pater primo que de alguna manera fue también su alter ego oportunista.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;La toalla de Tirofijo será pieza de museo, decía el titular de lado a lado. La foto era de archivo memorable: cuando el presidente supuso conjurar los varios miles de muertos por violencia registrados durante los últimos años con un viaje al atrio de la selva y un centenar de imágenes dándose la mano con&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Donmán, quien sonreía con idéntica fruición y picardía a la del lindo pulgoso, un perro estrato seis de malas pulgas que se burlaba de sus amos en la televisión igual que allá en el monte los matreros se carcajean de presidentes, ministros, congresistas y cuanto el diablo en su maldad nos dio. De Tirofijo uno pensaba que sería un jayanazo, un hombrote casi juancharrasqueado pero no un ancianito enclenque que si en lugar de botas pantaneras llevase zapatillas rojas y si cambiara el poncho y los driles por emperifollamientos bien daría para obispo y hasta para cacao pero no un hombrecito enclenque como los chamizos de los sauces en invierno. Y eso es. Así parece. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Eran las cinco y treinta de la mañana y hubo un silencio largo que permitió a las últimas aves de la noche camuflarse y ocupar sus estacas en los perezosos árboles del sueño. Tirofijo sonrió con sorna idéntica ya crónica. Abrió los ojos bien abiertos. Se caló las gafas marco&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;imitación carey que el sumo pontífice le había mandado de regalo desde el vaticano cuando uno de los flamantes comandantes por ironía apellidado reyes fue a postrársele de rodillas a pedirle perdón por los pecados y rendirle pleitesía a pocos días de haber volado un pueblo entero con cilindros de gas activados con una mecha larga y lenta. Leyó en silencio el titular una y otra vez y muchas veces más y aún otra más. Luego se fue hacia la orilla del río y desde alli gritó auuuuúúúú y silbó como un autillo desvelado, que era la forma de llamar a Carmen Flora, quien al instante estuvo atenta a las órdenes del jefe supremo quien le dijo compañera tráigame los retratos y ella partió sin decir nada corriendo como un gamo al campamento que sólo dios y ellos sabían dónde estaba en medio del tupido ramalaje de la selva, cerca, sí, en todo caso, porque la compañera Carmen Flora volvió muy pronto con un retratero viejísimo, por lo amarillento, y lo depositó sin chistar en la piedra más cercana a la soberbia pero ya esmirriada humanidad del comandante superior, quien apenas sí se percató del cumplimiento sigiloso de su encargo. Se hallaba ensimismado leyendo el titular de la toalla y del museo, aunque prestaba mayor atención a la fotografía donde estaba con Lázaro María a quien veía y sentía como si se tratara de una cucaracha atrapada por una trampa de ratones. Más silencio y más largo. Y un pensamiento rotundo: dios me concederá la gracia de ganar la guerra, que si ya el enemigo viene a buscar migajas en la palma de mi zarpa, es buen presagio. Con la mano derecha sostuvo el diario. Con la izquierda acercó el álbum que Carmen Flora había dejado sobre la piedra. Una salamanquesa brincó y luego se camaleonó en la yerba. Tirofijo miró con atención su traje que estaba lleno de cuquecas camufladas en la tela. Todas saltaron y se fueron por el mismo camino de la lagartija. Don Tiro se miró en la foto del periódico y por primera vez tuvo la sensación de estar frente a un espejo. Y por primera vez también sintió el peso y la importancia de su toalla al hombro y la insignificancia amedrentada del señorito del bigote pidiéndole cacao y puesto allí donde no tenía nada qué ir a buscar, como si se tratara de una ladilla invitada a una fiesta de serpientes o de un burricornio en el arca de Noé. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Donmán leyó esta vez todo intentando hacerlo de corrido aunque esa era una penuria y un deseo jamás cumplidos. Me moriré sin aprender, pensó. Y recordó que ya tenía más de setenta años. Palpó su piel y calculó sus arrugas para concluir que había perdido el tiempo y que ya no era hora de aprender. Y se dio a la tarea, sin pedir ayuda como hacía casi siempre que deseaba saber y comprender qué decían las noticias de los diarios: Latoa lla deti rofi jo serápie za de mu seo. Y la leyó y la repitió y la leyó y la repitió y la leyó y la repitió mil veces y así letra por letra palabra por palabra frase por frase punto por punto y coma por coma y no desayunó ni almorzó y un poco más allá de la hora de ángelus leyó de un viaje: La toalla de Tirofijo será pieza arqueológica. Podría ser expuesta para el público si el líder rebelde accede a donarla. La jefa del primer museo de la república opina que el ansiado trapo sería el principal vestigio de una colección de objetos de la guerra que así perpetuarán la nefanda noche eterna de violencia que vive este país andino donde en los últimos diez años ha descendido considerablemente el índice de muertes naturales apabullado por todo tipo de masacres. La noticia ha cundido como un escalofrío por la columna vertebral del pueblo. Unos dicen que sí, que la toalla hará recordar la sangre, el sudor y las lágrimas que son el pan de cada día en este pueblo hambriento. Y otros se oponen: que no, que no hay derecho, que cómo mientras más de cinco mil compatriotas permanecen secuestrados en poder de los bandoleros se les va a rendir honores mostrando sus andrajos en museos. Pero la dueña del emporio de cadáveres de cosas inservibles se defiende: mostrando los elementos del drama podemos comprobar de qué tamaño es la tragedia, ha dicho, cómo no tener por ejemplo las trenzas de Manuela Beltrán o las pestañas de Policarpa cómo no haber conservado siquiera la cáscara de un banano de la masacre de las bananeras. Y ha retrocedido: no se trata de exaltarlos sino de cuestionarlos. No de exhibir los objetos sino de guardarlos en un baúl de sanalejo y mostrarlos a su debido tiempo en siglos venideros a las generaciones que entonces disfrutarán la paz y verán cómo se hizo la guerra en estos tiempos bárbaros. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Donmán que así le dicen por llamarse Manuel desde la pila es hoy un hombre tosco y viejo, ya septua-genario, que ha pasado toda su vida en el monte. Él mismo es producto de la violencia sempiterna que&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;asesinó a sus padres y a sus familiares y a sus amigos y vecinos y no le dio diferente opción a la de guarecerse en las montañas desde donde siempre ha sido el cabecilla que hoy comanda a más de 20 mil hombres insurrectos y combate contra otros sublevados lo mismo que contra soldados y cuanto ser o sombra se le atraviese porque ahora ya no quedan guerrilleros sino bandidos y bandoleros en una guerra de todos contra todos donde ya nadie sabe quién es quien y todos roban y asaltan y narcotrafican y matan o mueren sin saber por qué. Una guerra donde la toalla ya no se usa tanto para secarse después del baño o para protegerse la nuca de los rayos del sol o para enjugar o ventear el calor sino quizás como símbolo tácito de los trapos al sol, a falta de bandera. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Yo vi llorar a Tirofijo. Se quitó los anteojos y se le humedecieron las pupilas. Un par de lagrimones bajaron se le desprendieron y descendieron con lentitud conmovedora por sus mejillas. No se las enjugó con las manos ni con la vieja toalla roja que portaba al cuello. Simplemente las dejó rodar y caer como un badajo de bronce invisible sobre las piedras del reborde del río. Y así lloroso y ciego como un Borges amnésico tanteó con las manos hasta tocar y asir el álbum de las fotografías pero como los ojos empapados opacaban las imágenes buscadas, sin desprenderse del objeto estiró los labios y sopló un infinito fuifuifui al tiempo que por la espesura de la selva aparecía vertiginosa Berenice con una toalla blanca ya dispuesta para secar los lloros del altísimo que cuando silbaba su infinito fuifuifui ya todo el mundo sabía que era para eso, porque los guerrilleros también lloran. Volvió a ver con sus gafas careyanas. Foto tras foto repasó su vida. Sus toallas: ah, esta carmelita me recuerda a Marquetalia dijo mirando a Berenice quien permanecía impávida y esta punzó se la cambié al subcomandante Marcos por un pasamontañas y esta bien verde oliva por una boína al Ché y esta rayada amarillenta por una medallita al papa y esta otra gris a fidel por un tabaco y Berenice sonreía como la Gioconda descolgada y Tirofijo entonces le ordenó vaya compañera tráigame todas las toallas que tengo en la caleta del cambuche y eran las cinco y treinta de la tarde y los cuervos comenzaban a desperezarse y los loros regresaban de sus volátiles andanzas cuando la Berenice volvía con media tonelada de toallas de todos los colores en sus brazos y el comandante compañera que nos coge la noche y ya no se ven bien los tonos y en efecto la luz se hizo crepúsculo y Don Tiro ya no pudo distinguir sus toallas por colores y urdió la selección auscultando por olfato los efluvios de sus harapos y después de un tiempo tan largo que ya todas las aves nocturnas andaban revoloteando enlunadas como los poetas que escriben nocturnos el guerrillero más viejo de la tierra sentenció no díganle a la jefa del museo que no le regalo toalla alguna para sus vitrinas que si quiere venga a buscarla en persona y tomó una que ya había seleccionado y la olió y la olió y la volvió a oler cien veces cada vez con mayor asco y ordenó pero esta sí esta sí esta que huele a mierda llévensela de regalo al señor presidente y díganle que por aquí se le recuerda mucho.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;* * *&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Nota aclaratoria perentoria: soy inventor de historias y por razones de oficio fui testigo de las reacciones de Tirofijo cuando se enteró de la noticia que estaba en la primera página del diario.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;Ignacio Ramírez&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;. Escritor y viajero, activista cultural y director de Cronopios –Diario virtual que llega con las más destacadas noticias colombianas del arte y la cultura a más de 50 mil suscriptores gratuitos en los 5 continentes (para afiliarse sólo necesita solicitarlo a cronopios@cable.net.co). Ha organizado más de 20 festivales de cultura colombiana en diferentes lugares del mundo sin aceptar y menos recibir apoyo oficial, para mantener libre e independiente su derecho al ejercicio de la crítica. Escribe novelas, cuentos, poesía, ensayos, columnas de periódico y todo género de textos desde donde pueda sustentar la urgente necesidad de una alianza capaz de aplacar a los violentos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Ignacio Ramírez&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-8329370174599040154?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/8329370174599040154'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/8329370174599040154'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/ignacio-ramrez.html' title='Ignacio Ramírez'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-3775538603828780948</id><published>2006-12-14T10:46:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:48:31.383-05:00</updated><title type='text'>Nancy Noguera</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt;" align="center"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:180%;" &gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;El viaje&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt;" align="center"&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b&gt;&lt;span lang="EN-US" style="'font-family:Arial;mso-ansi-language:EN-US'"&gt;tc &amp;quot;El viaje &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-family:"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;        &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt;" align="center"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;Perhaps my best year are gone… &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-US" style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial;mso-ansi-language:EN-US'"&gt;tc &amp;quot;Perhaps my best year are gone… &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;but I wouldn’t want them &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-US" style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial;mso-ansi-language:EN-US'"&gt;tc &amp;quot;but I wouldn’t want them &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;back. Not with the FIRE in me now. &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="EN-US" style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial;mso-ansi-language:EN-US'"&gt;tc &amp;quot;back. Not with the FIRE in me now. &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; font-family: Arial;"&gt;Samuel Beckett &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;tc &amp;quot;&lt;b&gt;Samuel Beckett &lt;/b&gt;&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:9.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 9pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;El tren se detuvo despacio, con un suspiro sostenido. Tomé el maletín y llamé al niño que seguía abstraído, mirando a través de la ventana oscura, ya sin paisajes. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Habíamos hecho la mayor parte del viaje en silencio, de vez en cuando me inclinaba para preguntarle al oído: «¿Cuál es tu nombre?». El chico, sin volver la cabeza, repetía automáticamente el nombre que correspondía a su nueva identidad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Cuando bajamos lo tomé de la mano para abrirnos paso entre el gentío de la estación. La pequeña mano estaba fría y húmeda, había heredado aquella particularidad de Nora. Su recuerdo me oprimió el pecho. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Busqué un mapa del tren subterráneo para orientarme. Al levantar los ojos pude ver de nuevo, a lo lejos, al par de hombres que intentaban pasar desapercibidos. En un gesto mecánico miré alrededor buscando una vía de escape, pero enseguida me dije que esta vez no quería escapar; la última frase se quedó fija por algunos segundos en mi mente, sin querer sonreí. En el subterráneo los hombres se colocaron a escasa distancia de nosotros fingiendo leer el periódico. Con los años yo había desarrollado una serie de fobias a los espacios cerrados y estrechos, a los lugares llenos de personas, a los agentes escondiéndose tras un diario, a las miradas de los extraños. A cada minuto mi ansiedad crecía. Sin darme cuenta apreté la mano del niño con tanta fuerza que éste la libró emitiendo un quejido. Hubiera querido disculparme, abrazarlo y decirle cuánto sentía todo aquello, pero era tarde, pronto él estaría a salvo de mis torpezas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Me quedé viéndolo mientras se acariciaba el miembro adolorido. Era un chico de facciones delicadas, pequeño de talla, con unos ojos expresivos y un carácter huraño. A veces tenía compasión por él, era muy joven para tanta gravedad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Mi hermano y su mujer nos esperaban. Ni siquiera tuve que acercarme a la recepción para indagar el número de la habitación. Un par de manos bruscas se posó sobre mis hombros y enseguida un abrazo que me hizo perder el equilibrio me sorprendió en el vestíbulo del hotel. Él había envejecido, la frente se había ampliado y el escaso cabello lucía blancuzco alrededor de su rostro redondo y rosado. La mujer aún mostraba los signos de su antigua belleza, aunque el tiempo había trabajado ablandándole las facciones. Muy alta y elegante, vestida con ropas demasiado pesadas para el verano, sus modales denotaban la buena educación recibida en el colegio católico. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;América podía haber cambiado la vestimenta de mi hermano, pero sus maneras seguían siendo las del torpe muchacho que yo conociera en Derry. Tenía buen corazón, un poco desconfiado e iracundo. En su juventud había hecho fama con los puños, tanta, que tuvo que marcharse en un carguero sin despedirse de nadie. Al parecer, la dulzura de la esposa había logrado domesticarlo a medias. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Nos llevaron a la habitación donde tenía confites y juegos para el chico y una botella de whisky para mí. Mientras la mujer y el niño se entretenían destapando cajas y desparramando su contenido sobre la alfombra, los hombres nos servimos un trago. Después de once años sin vernos seguíamos sin mucho de que hablar. Seguramente ambos pensábamos que cualquier tema podría arruinar aquella tregua que tenía un único propósito. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Entregué a mi hermano los papeles mediante los cuales Nora y yo le cedíamos al niño en adopción. No había sido trabajo fácil convencer a la madre de aquella alternativa. Aunque había visto al niño escasamente, ella albergaba la esperanza de algún día convivir con él. Sólo cuando le hablé de mis planes y de mi imposibilidad de llevar el chiquillo conmigo accedió a mi propuesta. El último día, sin embargo, se negó a verme, finalmente el abogado contratado por mi hermano obtuvo la firma de los documentos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Con Daly, el químico, había estado la tarde entera trabajando con mi mujer en el desván de su casa, todo estaría listo para la noche siguiente. Con certeza una embarazada no despertaría sospechas y podría irrespetar el toque de queda con el pretexto de un malestar. Antes de la medianoche allanaron la casa. Nora dio a luz en prisión. Cuando me entregaron al niño una semana más tarde, era una masa colorada que dormía durante el día y chillaba sin descanso por la noche. Mis compromisos aumentaban cada semana, el pequeño crecía un poco salvajemente aprendiendo costumbres de gentes diversas. A veces me costaba encontrar quien quisiera quedarse con él algunas horas. Los amigos sabían que yo podría tardar semanas o meses en volver. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;De vez en cuando la mujer levantaba la vista y buscaba los ojos del marido queriendo interpretar el estado de las conversaciones. Mi hermano y Nora nunca se habían conocido, sin embargo él simuló interés en su situación. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Cómo está ella? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Aún no se resigna, cree que en pocos años podrá apelar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Suspiró con impaciencia: «¿Y entonces…?» &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No, con el chico no hay problema, ahora es legítimamente de ustedes. De todos modos América está demasiado lejos… sean bondadosos con él. «Y justos» debí agregar, pero la voz se negó a salir. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Bebí un trago largo y me puse de pie. Mi cuñada vino a despedirse, el niño no quería separarse de sus nuevos juguetes, así que me marché rápidamente evitando el abrazo feroz que mi hermano parecía listo a darme. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Atravesé la calle y caminé diez cuadras. Quería poner mis pensamientos en orden, controlar mis emociones, pero dentro de mí todo fluía atropelladamente, causándome malestar físico. A los veinticuatro años la vida se abría enigmática, misteriosa, atrayente frente a mí. Por momentos sentía flaquear mi voluntad. Yo había sido seleccionado entre muchos para la tarea más honrosa a la que cualquiera de nosotros podía aspirar; había dejado de ser el dueño de mi vida hacía mucho tiempo atrás, debía proseguir el camino. Mis manos temblaban levemente cuando arrojé el cigarrillo al piso, pero mis piernas avanzaron firmes. Atravesé un puente hacia el otro lado del muelle y me senté en un café a esperar, los dos hombres aparecieron de pronto y se instalaron en una mesa cercana. Comenzaba a caer la noche, sin prisa, serena, mi corazón palpitaba con ansiedad, toqué de nuevo mis documentos bajo la chaqueta, repetí las instrucciones mentalmente, a una señal previamente acordada me levanté y tomé un taxi al aeropuerto, el resto comenzaba a ser parte del misterio.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Nancy Noguera&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-3775538603828780948?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/3775538603828780948'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/3775538603828780948'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/nancy-noguera.html' title='Nancy Noguera'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-6744700318586676952</id><published>2006-12-14T10:43:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:46:53.158-05:00</updated><title type='text'>Juan Carlos Méndez Guédez</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;b style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Sinopsis al fondo de la tarde&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;Sinopsis al fondo de la tarde &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;A José Balza &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:10.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;A José Balza &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:10.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Primero, ordenar los detalles de la historia en una conciencia que sin ser predecible vaya creando una especie de «esfera», de burbuja, cuyos reflejos evidencien algo a punto de estallar. Luego borrarte, de forma que el texto no sea un guiño personal, una broma entre amigos para saborear junto al tintineo de los rones y la irrupción de Steve Perry. Eso sí, no jugar al truco de los finales sorpresivos, aunque así aparezca el primer problema técnico, pues los vectores del texto se comprimen dando una resolución que deseo suprimir. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;a.&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;El hombre de piel quebradiza y fría como la de un lagarto, perdido en su oficina, asediado por las puntadas de su estómago. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;b. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;Su casa, una mujer de cabello crespo y continuo olor a verduras. Dos hijos boquiabiertos ante la fosforescencia irreal del televisor. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;c. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;La mayor aspereza: Caracas, con sus vértigos, su fragmentación continua, y ese oficio de perenne mudanza. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;d. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;El escape. Un morral con algunas ropas y un autobús que rasga la mañana con ruido asmático. Desde las ventanillas, largas y azules montañas estirando la luz hasta adquirir, lentamente, una prolongada forma de dinosaurios. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;e. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;Un anciano de largas y blanquísimas barbas, inmune a su propio olor: una mezcla de cuero húmedo, moho, y toques sulfurosos. Luego, el sonido pendular de sus frases: «La verdad de tu camino te aguarda en la montaña después de semanas de ayunos y visiones». &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;f. &lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;La boca que repite durante meses el neutro sabor de algunas hierbas. Primeras visiones: un dragón que flota sobre las aguas y señala la montaña. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;g. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;La mano del anciano otorgando el consentimiento. Luego caminos de rugosas malezas, de innombrables animales. La neblina apretada sobre el cuerpo igual que una ardorosa tela. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;h. &lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;Al llegar al punto indicado, una cueva con las señales sagradas. Después una distante voz que musita. «Tras la puerta encontrarás tu verdad». &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;i.&lt;span style=""&gt;     &lt;/span&gt;La puerta junto a sus ojos: inscripciones sobre la madera, una espiral que lo adormece. Al abrir, junto con el sonido chirriante de las bisagras, el sol, como una filosa materia encajada en sus párpados. Después de unos minutos, la nitidez progresiva de las formas: una calle de Caracas, los carros esperando furiosos el cambio de semáforo, su mujer y sus hijos en la acera de enfrente.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Juan Carlos Méndez Guédez&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-6744700318586676952?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6744700318586676952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6744700318586676952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/juan-carlos-mndez-gudez.html' title='Juan Carlos Méndez Guédez'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-7045261278557196168</id><published>2006-12-14T10:42:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:43:41.369-05:00</updated><title type='text'>Wilfredo Machado</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);"&gt;La otra cara del sueño&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;La otra cara del sueño &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:14.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 14pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Para Abraham Salloum Bitar, poeta &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:10.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;Para Abraham Salloum Bitar, poeta &amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="'font-size:10.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Noé vio a lo lejos la caravana atravesando el desierto bajo la luz quemante del mediodía. Primero fue una nube de polvo creciendo como un hongo sobre las dunas amarillentas, luego la sombra de un genio agonizando en la arena, ciega dentro de tanto resplandor. A la caída de la tarde la sombra había tomado la forma de unos mercaderes que conducían a una docena de caballos árabes preparados para la guerra. Los hombres giraron alrededor del Arca galopando velozmente y agitando en el aire unas espadas curvas llamadas &lt;i&gt;alfanje&lt;/i&gt;. El brillo del metal lo hirió en los ojos. Por un momento el resplandor lo dejó ciego. Ahora recordaba esa extraña luminosidad del acero que lo obligaba a regresar por un brillante pasadizo a la infancia. Al final del túnel la luz se hacía más intensa. Entonces vio al niño: caminaba mordiendo la piel dulce de un durazno bajo el cielo de la tarde; un mono tocaba un platillo y lanzaba porquerías a los mendigos de la plaza. Al otro lado un ciego recitaba las antiguas escrituras y leía el futuro a los soldados por unas cuantas monedas. El sol inundaba las tiendas de un vapor tibio que descomponía los alimentos. El niño se detuvo en la fuente y sumergió su cabeza en el agua. Después trepó a un muro de piedra a cuyo pie dormían los camelleros, y desde allí divisó el cuadrado perfecto de la plaza y los minaretes que ascendían en la luz dorada junto a las cúpulas perfectamente blancas como huevos de pájaros. Luego bajó. Pasó a un lado de una vieja que vendía pescado y se tapó la nariz. En ese momento alguien lo hizo a un lado con brusquedad. Sobre el ruido ensordecedor de la plaza se elevó la voz de un hombre pidiendo silencio. Llevaba atada al brazo la banda azul del palacio. Leyó un edicto alzando la voz, luego enrolló el pergamino y desapareció entre la multitud. Los soldados se abrieron paso entre la muchedumbre arrastrando al prisionero. El hombre era de contextura delgada y no llevaba camisa; los huesos sobresalían de la piel curtida por el sol del desierto. Traía una soga al cuello, y miraba cada objeto, cada rostro, con la intensidad de quien se aproxima a la muerte. En ese instante vio el rostro del niño que lo observaba con asombro montado sobre unos sacos descoloridos de granos. La imagen del durazno pasó como una mancha dorada frente a sus ojos. No tuvo tiempo de ver mayor cosa porque los soldados lo obligaban a subir al cadalso, donde lo aguardaban un tronco y una cesta. La ciudad desaparecía a su alrededor: las tiendas infladas por el viento del desierto, el camino de piedras cubierto de un polvo grisáceo, las frutas pisoteadas por los caballos que despedían un olor a podrido. La plaza se llenó de un gran silencio. El verdugo subió con el rostro cubierto por una máscara, y obligó al prisionero a prosternarse. Luego levantó la espada que brilló como una lengua de fuego frente a la multitud ansiosa de sangre y, con un rápido movimiento, cortó limpiamente el cuello. La cabeza rodó hasta la cesta. Algunos curiosos se acercaron a verla. Tenía la boca entreabierta como a punto de decir algo, como si la espada hubiera cortado también la última palabra. El niño se acercó a mirarla. Permaneció en silencio largo rato, hipnotizado por la sangre que comenzaba a secarse en el tejido de la cesta. A su lado dos soldados bromeaban bajo los efectos del hachís. El viento frío y azul comenzaba a levantar desde el norte. La mirada inmóvil se perdía en el cielo junto con las primeras sombras de la noche. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Uno de los hombres a caballo se acercó, y sin mediar palabras arrojó un lazo corredizo con precisión sobre su cuello; la soga lo apretó hasta casi ahogarlo. Intentó protestar y otro lo golpeó con la empuñadura de un sable. Cayó inconsciente en la arena. Cuando despertó se encontró atado junto a unos esclavos que devoraban en la oscuridad un pedazo de pan. La cabeza aún le dolía. Respiró profundamente durante varios minutos; el aire frío lo reconfortó. Sintió el olor de un hombre que encendía una pipa haciendo un hueco con las manos para evitar el viento. Levantaron el campamento a la medianoche y caminaron durante tres días, descansando sólo lo necesario para reponer las fuerzas. Al atardecer vieron a lo lejos los muros de la ciudad dibujados contra la mancha amarilla del desierto. Habían llegado. Noé reconoció a la ciudad del pasado: Asmara. Había vivido allí con sus padres. Recordaba cada calle, la plaza, el camino de piedra que atravesaba la ciudad, las tormentas de arena que enterraban palacios enteros, el sacrificio de animales degollados junto al fuego para sentir que un dios con cabeza de pájaro estaba allí, en el resplandor de la hoguera consumiendo la grasa del animal en una llama azul y pura. Pero la ciudad a la que llegó era otra. Nada guardaba de la grandeza del pasado. Llegaron al anochecer y los encerraron en una celda húmeda. Trató de hablar con un guardia y fue golpeado nuevamente. No pudo dormir durante toda la noche. A través de una ventana con barrotes escuchó el murmullo del agua sacada del aljibe en la oscuridad, la respiración apagada de los esclavos dormidos sobre el piso de piedra, el llanto de una mujer del otro lado del muro donde la ciudad era una inmensa flor nocturna, el canto de un búho que devoraba a una rata en el patio de la prisión. La luz del amanecer lo encontró despierto mirando cómo las palomas picoteaban los restos de la rata. La claridad avanzaba sobre el muro de piedra. Descubría allí las grietas de donde salían las lagartijas a calentarse con el sol. A medida que pasaba el tiempo la luz avanzaba sobre el muro en un destello blanco y uniforme. Quizá en otra oportunidad –por ese deseo de aprender de las cosas intangibles– habría seguido a la luz hasta el borde mismo del aljibe, y habría observado con asombro cómo el agua oscura, donde flotaban algunas hojas, iba alcanzando lentamente el brillo y la intensidad de un incendio. Al fondo la rata era una mancha rojiza aplastada contra el piso. Las palomas también habían desaparecido. Ahora encontraba allí, en el patio desolado y silencioso, una forma de la belleza muy cercana al deseo de la muerte. Entonces agradeció a Dios por permitirle ver un nuevo día. En la tarde sacaron a los esclavos de la celda atados en fila como animales. Una mujer le trajo agua y un pedazo de pan. Noé intentó hablar con ella, pero ésta huyó, corriendo por el patio de la prisión hasta la puerta principal. Cuando la abrieron Noé vio el cadalso y la multitud que comenzaba a reunirse alrededor de la plaza. Entonces –como si una conciencia suprema guiara su pensamiento– entendió; aunque ya era tarde para la reflexión o el olvido. La celda se abrió y varios soldados lo amarraron, por último le ataron una soga al cuello. Intentó decir algo, pero lo obligaron a callarse. Caminó entre los soldados y la turba enardecida. Un hombre de un turbante blanco subió a un muro de piedra y leyó un edicto donde sólo reconoció su nombre. A su lado un mono arrojaba porquerías a los soldados. La vieja también estaba allí y el olor del pescado invadiendo el aire. Buscó instintivamente al ciego y lo encontró a su lado invocando al profeta y haciendo resonar la bolsa de las monedas. Ya lo subían al cadalso, lo izaban sobre el mar de cabezas a la tarima donde lo aguardaban el tronco y la cesta; pero él buscaba entre la multitud la silueta del niño, la mancha dorada del durazno, hasta que lo vio jugando con el mono montado sobre unos sacos de granos. En ese momento las miradas se cruzaron. Por primera vez entendía que todo viaje no es otra cosa que un viaje al origen, un regreso al principio de lo oscuro. En vano intentó reconocerse en el pasado: en una infancia de hambre y hogueras encendidas cuando los más viejos se reunían a contar las antiguas historias de los dioses que cruzaban el firmamento envuelto en llamas; donde las mujeres se iniciaban en el arte del amor y el abandono, y donde una daga valía más que el oro de los sueños. Miró por última vez las nubes por encima de las torres y la luz que se derramaba sobre las cúpulas alrededor de la plaza. El viento del norte comenzaba a levantar el polvo del desierto, tal vez una tormenta de arena. Pero ya era tarde porque las manos del verdugo lo obligaban a prosternarse. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–El círculo es la figura perfecta del universo. Toda vida no hace otra cosa que seguir el dibujo de un dios –dijo en voz baja, pero la espada había cortado limpiamente el final de la frase. Incluso, nadie llegó a escucharla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Wilfredo Machado&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-7045261278557196168?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/7045261278557196168'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/7045261278557196168'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/wilfredo-machado.html' title='Wilfredo Machado'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-2280685141294855305</id><published>2006-12-14T10:20:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:21:13.337-05:00</updated><title type='text'>Raúl Pérez Torres</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; line-height: 150%;" align="center"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:130%;" &gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Qué será de mí&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:18.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;Qué será de mí&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:18.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;La encontré una madrugada, descuajaringada, saliendo del &lt;i&gt;Seseribó &lt;/i&gt;con su novio, un rubio que olía a porvenir dorado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Llevaba los ojos a la espalda y la cartera en bandolera; uno de los tacones se había quebrado y con el zapato en la mano, desconsolada, golpeaba una y otra vez en la ventana del &lt;i&gt;Bronco &lt;/i&gt;mil nueve noventa y tres.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;El rubio le increpó de mala manera con su voz gangosa y ella se lanzó contra él, en cámara lenta, con un gesto tristemente alcohólico. El hombre, re­chazándola de un empujón, abrió la puerta, prendió la máquina y se alejó tumbando el triángulo del parqueo y gritando alguna blasfemia en inglés. Se sentó desconsolada en la vereda y empezó a hurgar desesperadamente en la cartera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Me acerqué despacio y le ofrecí un cigarrillo prendido. Levantó sus ojos vidriosos entrecerrándolos y con esfuerzo me dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Eres milico?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No –le dije–, es una chaqueta heredada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Sonrió entonces y exclamó, ya segura:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Soy una perversa en estado de pureza.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Luego empezó a llorar con dedicación con grandes suspiros, con gestos ambiguos, como si estuviera ahogándose, limpiándose la nariz con el dorso de su mano dormida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Me senté a su lado en silencio, mirando cómo las lágrimas formaban un hilillo negro que iba de sus mejillas a sus labios, y empecé a recordar lo que decía mi tío Nacho con respecto a las lágrimas, lleno él también de soledad e ingratitud: “Toda gran pasión termina en una gota de agua. La memoria sólo existe para eso, para acumular olvido. Soportar la ausencia es el olvido”, y se tomaba su ron como quien está comulgando.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Vamos –le dije dulcemente– te llevaré a tu casa. En estos tiempos un hombre no significa nada, peor si es gringo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Se rió con ganas y se arrimó a mi hombro. Su cabeza pesaba, olía a tabaco.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Vamos –insistí– ya es muy tarde.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;La luna. Siempre la luna. Cara de tonta la luna a esas horas. Una hora antes yo había salido de mi casa, para enfrentarla (a la luna), para que me dijera de una vez y al aire libre lo que quería decirme a través de la ventana de mi dormitorio, mientras Viviana dormía a mi lado con la placidez de los cadáveres, y yo estropeaba la última pesadilla para levantarme decidido e ir tras su huella de plata. Pero ya no me importaba la luna. Me importaba ese juguete lloroso que a ratos se estremecía y lanzaba leves suspiros que iban dejando atrás al llanto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Está bien –me dijo limpiándose las lágrimas– me levanto si me das un beso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Un beso. Sal, saliva y lágrima. Un beso que cubra mi agobio, la pesadilla nocturna, la mariposa negra de la cotidianeidad. Un beso entonces para comenzar a recorrer los laberintos del azar.&lt;span style=""&gt;        &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Echamos a caminar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–John es mi novio –me dijo con una voz asustada–. Tengo un novio de porquería.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Entrelazó su mano a la mía y como siempre empecé a ahogarme.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Caminaba danzando, metiendo en su cuerpo la alegría de la madrugada. Por allí tomamos un taxi y ella dio una dirección. Los Sauces. Avenida de Los Sauces.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Los sauces llorones –dije.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Ella se apretó contra mi pecho, alzó su rostro y me dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No me dejes sola, no esta noche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Así que también ella. Así que el vacío era ecuménico. Así que esta luna regaba soledad por todas partes. Así que el miedo y la tristeza y la angustia viajaban en taxi por las calles de Quito. Así que nos iba creciendo como una nueva piel, como una nueva costra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.7pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Sus padres vivían en la casa delantera, ella en el departamento de atrás. En el tiempo de las vacas gor­das ese departamento lo utilizaban las criadas. Pero ahora, tú sabes...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Podrían despertarse –dije, mientras ella jugaba con las llaves como si fueran cascabeles.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Siempre duermen como osos –me dijo. Duermen seis meses y seis meses trabajan. Son asquerosos. Legañas y ojeras.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Prendió la luz. Un dormitorio de juguete. Horroro­sos afiches de Frida Khalo sujetándose con hebillas todas sus enfermedades. Por allí un Chaplin&lt;i&gt; &lt;/i&gt;que era un alivio. Un colchón en el suelo, libros tirados y en una silla de mimbre dos o tres calzonarios como ro­sas. Se acercó a la casetera y aplastó un botón. Un ronco estertor salió del aparato:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Es Janis Joplin –dijo– me muero por ella. Me gus­taría atravesar su garganta. Prepara un &lt;i&gt;bareto&lt;/i&gt; –mas­culló, señalando los libros del veladorcito–. En el li­bro de la Yourcenar hay un poco de hierba. Y luego fue al baño. El ruido de su vómito espasmódico, lar­go, hizo por un momento dúo a la voz de la &lt;i&gt;Sony.&lt;/i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Cuando salió era otra. Pálida y bella como una vir­gen del medioevo, con una camisa de hombre por to­da vestimenta, un cuerpo desprotegido, falto de inso­lencia, un cuerpo de hermana, que me lo ofreció sen­tándose junto a mí. Con tristeza empecé a divertirme con los botones de su camisa, sus gestos eran tan in­tensos que me reprochaba la pasividad de los míos, y he aquí que de pronto sentí la bruja de su carne, bruja blanca apretada contra mí, violentándome, produ­ciéndome quejidos de asombro y de deseo. Se sacó la camisa y dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Por hoy basta de preámbulos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Su cuerpo desnudo era un canto al arte de la bre­vedad, como esos cuentos perfectos que jamás escri­biré. La inteligencia de su cuerpo me avergonzaba como a un muchacho de escuela. Parada frente a mí parecía un templo, un templo percibido en sueños, un templo como el que alguna vez vi en Samarcanda, ¿fue en Samarcanda o en Pyong Yang?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Eres bella –le dije, tomándola en mis brazos– eres un cuerpo para toda la vida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Meandros, algas marinas, tacto del sueño, caballos galopando, caracoleando. Caricia infiel, solapada y abierta, espuma, más espuma, vértigo y vértice, im­precación su cuerpo, blasfemia. Ardilla perseguida y muerta y viva, túnel para llegar al otro día, mágico túnel por el que me estaba yendo, por el que me iba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Y luego ¿qué? ¿El restallar de la mariguana viva, con su ojo abierto hacia el tumbado? ¿El cuerpo agradecido virado hacia el lado de la culpa? ¿La caricia submarina y nostálgica del tiempo que se va?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Las palabras empezaron a caer como una lluvia tenue mientras el día se sacaba la máscara. Palabras maltrechas apoyándose en el bastón de la promesa, de la ofrenda, palabras con esparadrapo para las llagaduras.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No sé tu nombre –me dijo, mientras acariciaba mi rostro con su mano abierta– y sin embargo no he conocido nada más profundo. ¿Cómo es esto? Has hurgado mi vida, me has violado, me has robado, me has dejado sin mí. Quiero que me ames siempre, para siempre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Sí –le dije, apenas apenado, chupando uno a uno sus dedos húmedos– te estoy amando para siempre. La eternidad es sólo este momento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Eres un monstruo, un malo –dijo&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–El azar produce monstruos –dije convencido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Y ahora&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;¿qué haremos? –dijo desconsolada–, ¿qué harás?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Sobreviviré –dije–. Estoy acostumbrado a sobrevivir. Es lo único que el hombre contemporáneo ha aprendido: a sobrevivir. Somos los sobrevivientes de la post‑guerra, pero de la post‑guerra fría. En todo caso, parece que algo nuevo me llevo entre los ojos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Sonó el teléfono. Un cadáver sacó la mano del ataúd.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Sí, sí –dijo ella desde otra voz–, estoy bien. &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;" lang="EN-US"&gt;Eres un puerco. &lt;i&gt;Okey, &lt;/i&gt;a mediodía, I &lt;i&gt;want to talk to you.&lt;/i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Me vestí y salí. El sol de las once se clavaba en mi cabeza como un puñal. No sabía si pasar por mi hogar o irme directamente a la oficina.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Como Lázaro, eché a andar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Raúl Pérez Torres&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-2280685141294855305?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/2280685141294855305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/2280685141294855305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/ral-prez-torres.html' title='Raúl Pérez Torres'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-6338754361345689132</id><published>2006-12-14T10:15:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:17:41.938-05:00</updated><title type='text'>Iván Égüez</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: center; line-height: 150%; color: rgb(204, 0, 0);"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Bujäs, el gitano&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:18.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-begin'"&gt;&lt;/span&gt;tc &amp;quot;Bujäs, el gitano&amp;quot;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if supportFields]&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="'font-size:18.0pt;line-height:150%;font-family:Arial'"&gt;&lt;span style="'mso-element:field-end'"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-size: 18pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-family: Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Que los Corregidores y Justicias de los lugares en que hubieren avecindados los que se dicen Gitanos, tengan obligación de visitar, y registrar por sus personas las casas de los que se dicen Gitanos las veces que les pareciere, para reconocer si en ellas tienen algunas de las cosas aquí prohibidas u otras sospechas... por el tenor de la presente pragmática los declaramos rebeldes, contumaces y bandidos públicos, Y permitimos, que cualquier persona de cualquier estado y condición que sea, pueda libremente ofenderlos, matarlos, y prenderlos sin incurrir en pena alguna, trayéndolos vivos o muertos ante los Jueces de los distritos donde fuesen presos o muertos. Y que pudiendo ser habidos, sean arrastrados, ahorcados, y hechos cuartos, y puestos por los caminos y lugares donde hubieren delinquido, sus bienes sean confiscados para nuestra Cámara. &lt;b&gt;Pragmática de 1717 y 1743.&lt;/b&gt; &lt;b&gt;(Documentación Selecta sobre la situación de los gitanos españoles en el siglo XVIII ‑ Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados ‑ Madrid)&lt;/b&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 15.6pt 0cm 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;El gran Peluzzo no nació bajo la carpa nuestra. Llegó en buque de la mano de un médico japonés, un tal Noguchi. Su padre había muerto a expensas de una banda de tipejos que usaban camisas negras y actuaban dirigidos por una especie de capo, conocido como “El César de Aserrín”. Peluzzo me decía que no se había tratado de sicilianos sino de fanáticos. Su madre había sido secuestrada en Roma. El tío Alfio había embarcado al huérfano como polizón con una carta para un paisano que vivía por Chile. Desesperado, maloliente y casi comido por las ratas, fue descubierto por uno de los sobrecargos, quien quiso castigarlo con látigo mojado como a galeote. El médico japonés intercedió comprometiéndose a bajarlo con él en Guayaquil, puerto de su destino. Le nombró su ordenanza en no sé qué asunto de la malaria, pero Peluzzo era un poco inquieto como para resignarse a andar de leva todo el día en el pantano asistiendo al japonés. Mejor se puso a vender cucuruchos de colaciones junto a la boletería del circo que entonces había llegado. Ahí lo conocimos, Tenía unos doce años a lo sumo. Y un don especial para el alambre: se convirtió en el funambulista que necesitábamos para reemplazar a Marcel, quien por propia voluntad, y estando completamente sano, se había retirado a un sillón de ruedas aduciendo que cumplía un pacto. Pero Marcel le enseñó a Peluzzo todos los secretos del equilibrio y la acrobacia. “El Querubín Peluzzo”, le mentaban luego en las tres Américas. Desde la primera vez que subió al alambre nos refirió que una mariposa negra le revoloteaba todo el tiempo sobre la cabeza. Fuera del alambre nunca vio a la mariposa. No ha llegado a posarse en mí, pero es como un gallinazo que espera el desposte. Yo no sé si habría sido sólo idea de Peluzzo, pero él afirmaba que si algún día se le prendiera la mariposa, ese día se caería del alambre. Me siento rodeado por una nube de espanto cada vez que estoy arriba, me decía. Y cuando alguien le preguntaba ¿y por qué subes entonces?, él respondía que para averiguarle cosas a su padre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Cuando cayó, alcancé a oírle, alguna disculpa, dicha, para mi sorpresa, en jerigonza, algo así como “la mariposa... los camisas negras”. Años después tuve oportunidad de preguntar a un italiano quiénes eran, y me dijo que unos fanáticos, corrompidos y asesinos, que habían empezado a larvarse a raíz del Armisticio de Compiegrie, firmado en el interior de un vagón, que luego se propagaron por toda Italia y que, dirigidos por un poeta de entonces, llamado Gabriel D’Annunzio, ocuparon Fiume como anticipo de la marcha que sobre Roma efectuó “El César de Aserrín”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 3.7pt 0cm 2.85pt; text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;XXX&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Así como a Peluzzo le revoloteaba siempre esa mariposa funeraria, sin que él pudiera agarrarla o espantarla porque sus manos estaban ocupadas en sujetar la vara del equilibrio, así yo, Bujäs el Gitano, secularmente he sentido alrededor de mi vida una atmósfera de vilipendio, es un aire que le echan a uno en forma invisible y sin palabras, y al que los diccionarios le han dado el suave nombre de desconfianza. Para exacerbar en la gente ese sentimiento –que es recelo y envidia a la vez–. Para violentar su apego a las baladíes cosas de este Mundo, fui conchabado por el Circo de los Hermanos Blemón. Inicialmente se llamaban Blue Demond’s, pero nada en esta vida permanece, todo fluye, progresa. Así el público de esta ciudad blanca, dormida junto al lago y donde hombres y mujeres se dejan una gruesa trenza hasta la cintura, ha madurado mucho desde la última temporada que actuamos aquí hace exactamente un año, temporada que hubo de ser suspendida por aquellos acontecimientos que son de dominio público.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Recuerdo la última función cuando yo estuve actuando con mi compañera Azalea &lt;i&gt;“Una cosa se ha perdido/ cinco veces/ lo diré/ si el dueño no reclama/ yo me llevaré/ ¡A la una!”&lt;/i&gt; Con ese adivinatorio comenzaba mi número. Ese era mi eslogan de desplumador, mi distintivo. Sonaba como una sirena de alarma. Los espectadores se acomodaban nerviosamente en sus asientos y empezaban a revisar sus prendas, sus bolsillos, relojes, carteras, etc. Nadie sabía cómo ni en qué momento habían sido desprendados, pero lo cierto era que en mis manos aparecía una gran cantidad de objetos de propiedad del público, especialmente de palco y luneta. &lt;i&gt;“Una cosa se ha perdido/ cinco veces/ lo diré/ si el dueño no reclama/ yo me llevaré/ ¡A las dos!”&lt;/i&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y empezaban a oírse las voces angustiadas de los perjudicados: ¡mi billetera! ¡mi llavero! ¡mis zarcillos! ¡mis documentos!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Con sus trenzas de columpio, Azalea se acercaba retrechera hacia los agraviados. A unos les decía que les iba compensar con un beso todo lo perdido, a otros les halaba las orejas, les reprendía por descuidados, por haber botado la billetera en la calle, por haber empeñado el reloj en la cantina, por haber ocultado en el chaleco el anillo de compromiso, en fin. El resto del público gozaba mucho con este número, gozaba con los nervios de aquellos que habían sido choreados por nosotros en la aglomeración de las boleterías o en los propios asientos mientras contemplaban ensimismados otras suertes del programa. Por principio, la gente desconfía de todo aquel que tiene que ver con el espectáculo, ya sean las tablas, el aserrín o la farándula. Y por aquello &lt;i&gt;huye del marcado, de la envidia del enano y la fama del gitano,&lt;/i&gt; seguramente desconfiaban de nosotros, pensaban que les iríamos a devolver sus billeteras con menos dinero, que podríamos haber sacado copias de las llaves de sus automóviles, baúles y casas. Las señoras creían que les podríamos devolver joyas falsas, billetes falsificados o que podríamos leer en público la fecha de sus nacimientos. El graderío –Y nosotros también– ­gozaba viéndolos contar la plata con los dedos torpes de la avaricia, viéndoles hincar, en el oro de sus pulseras, el diente de la duda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Azalea excitaba el apremio de los esquilmados:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Cuánto dinero llevaba el caballero en la billetera?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Quinientos, respondía apuradamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Entonces perdone, decía ella, esta billetera lleva quinientos cincuenta. No puede ser la suya, aunque aquí aparezca una cédula con la foto de un señor parecido a usted.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Y pasaba de inmediato a preguntar a otro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Cuánto llevaba usted?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Trescientos –contestaba entre sudores el interrogado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No puede ser –protestaba Azalea–, aquí solamente hay doscientos cincuenta. Usted trata de salir beneficiado, de aprovecharse de nuestro bien ganado prestigio, para perjudicarnos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–No importa –decía el aludido–, devuélvame con lo que usted dice haber en la cartera... &lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¡Cómo –protestaba yo indignado, acercándome amenazante con el Gran Puñal Húngaro de Cartón Plateado–; usted está dudando de mi compañera, usted está ofendiendo nuestra profesión! &lt;span style=""&gt;          &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–De ninguna manera –replicaba con una risita nerviosa el generoso damnificado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Pídanos disculpas ordenaba yo, a nosotros y a todo el público, porque el gran público está con nosotros ¿Verdad, querido público?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Síííí –me contestaban en coro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Y luego, dirigiéndome a las localidades de gallinero, les decía en tono de consulta: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Ustedes que están allá arriba en el paraíso ¿estiman que para reparar el honor de todos los presentes, el señor debería pedir perdón arrodillado?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Síííí –contestaban todos, desgañitándose de la risa, viendo cómo el conejillo obraba presionado por el graderío vociferante.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Bajo ese clímax yo había conseguido de la gente actitudes impresionantes a lo largo de mi carrera artística. Había hecho que lloraran, que se pararan de manos, que se quitaran el saco y me lo entregaran para con él torearlas como a becerras, que se tomaran una pipa de agua, que imitaran el lloriqueo de varios animales. Otras veces, Azalea reunía hasta doce carteras de señora y las vaciaba a todas en un gran pañuelo de seda, de esos que ella usaba las noches estrelladas. Era increíble ver la cantidad de objetos que portaba cada una y la variedad de los mismos: desde una calzonaria agujereada, hasta un gato, una paloma, un salvavidas. Cruel o jocosamente, pero en todo caso desquitándome con esas viejas el resquemor de los demás, yo solía cantar los objetos como si se tratara de la subasta del Juicio Final:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Uuuunas toallitas sanitarias marca Cruz Roja. Uuuuna cajita de globitos El Polvorete. Uuuuuna dentadura postiza. Uuuuun estofado a medio comer. Uuuuuuuna cabeza de ajo para la buena suerte.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Luego llamaba a las dueñas para que viniesen a recoger lo que cada una creyese que era suyo. Siempre quedaban sobre el pañuelo muchas cosas. Y yo mismo me encargaba de regar la voz de que Azalea seguramente habría puesto algunas en el pañuelo porque de otro modo no se explicaba cómo podían quedar tantas cosas que eran de interés exclusivo de sus dueñas. Siempre les pedíamos disculpas y les compensábamos con sendos regalos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Eran tan cálidos los aplausos que nos prodigaban que, a veces, ellos y nosotros, olvidábamos que éramos gitanos. Pero para recordarnos estaba el duro siguiente día, impávido como un espantapájaro, el guayabo de la realidad como dicen en la Colombia de Azalea, pues salíamos a la calle y nos quedaban mirando como a animales raros, nos cerraban las puertas en las narices o sujetaban a&lt;i&gt; &lt;/i&gt;los niños como si les fuésemos arranchar, pese a que la policía nos seguía prudentemente. Esa misma gente que aplaudía en el circo nuestra habilidad de carteristas y de histriones, esa misma gente nos hacía el vacío en los bares y negocios, se hacía negar en las casas cuando íbamos a leer la fortuna a domicilio. Llegamos a proponer que nos dejaran actuar para las niñas del colegio en el salón de actos o en el patio, pero las monjas se santiguaron diciendo Dios me libre, los gitanos son ladrones y las gitanas prostitutas. A renglón seguido el Intendente envió una banda de agentes a revisar nuestros pasaportes. Algunos respondimos que no teníamos documentos precisos porque habíamos nacido en caravanas, en el rodar del carromato sin fijarnos cuáles fronteras habíamos traspuesto, que el circo era propiedad del mundo, que tenía sus propias leyes y sobrentendidos. Entonces al enano, el famoso Priapín, se le ocurrió apelar a las Damas de la Caridad a fin de que interpusieran sus buenos oficios. Ellas recibieron muy atentas la solicitud; eran antiguas hacendadas del lugar donde hoy transcurrían mano sobre mano viviendo de la nostalgia del pasado, disimulando con el nombre de Damas de la Caridad, la caridad que a ellas les hacían parientes segundones, nuevos ricos. Cultas y ceremoniosas nos manifestaron que harían todo lo posible, que nos harían llegar cualquier noticia oportunamente, que a las órdenes, que ha sido un gusto. Mas, cuando salimos de esa sala de recibo adornada con óleos de patricios y santos varones parroquiales, amueblada con silletería vienesa de esterillas desfondadas, consolas de mármol sin las planchas de mármol y una alfombra deshilachada barrida con digna pobreza, la Presidenta se había echado en brazos de la Secretaria y ésta en los de la Tesorera, al tiempo que comentaban:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Ya me moría con esos aquí adentro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Imagínate, gitana y colombiana. Completita, para qué más.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Y se fijaron en él? Enano monstruoso, saliéndole los vellos por el cuello de la camisa, cubiertos los brazos como mono, con unas cejas que parecían bigotes de mayordomo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¡Ay, hija, si tiene tanto vello en las provincias, cómo tendrá en la capital!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Dicen que algunos enanos son bien dotados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Estarías vos con un enano?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Ay, calla, no quiero ni pensarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Pero habría de pensarlo toda la noche y todo el sábado, hasta el domingo que, a la salida de misa, la Presidenta le había vuelto a preguntar:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–¿Te has puesto a pensar qué harías con un enano así de grandazo?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Sí, le había contestado mohína, apretándole la mano mientras caminaban. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Entonces hija, &lt;i&gt;manos a la obra,&lt;/i&gt; tal cual reza el lema de nuestra institución.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Esa misma mañana consiguieron de la Autoridad la tolerancia del caso para con nuestra condición de trashumantes. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Nos costó conseguirlo –había dicho la Presidenta a Priapín–, todas las auto­ridades estaban atareadas con un gran contrabando que había sido denuncia­do: un convoy de camiones cargados de cacharro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;–Ya lo sabíamos, había respondido Priapín, el Famoso. Todo el pueblo an­da arremolinado en las aduanas&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;A poco llegó una comisión de moradores del lugar a pedirnos que les prestáramos la carpa para sesionar porque se había presentado una emergencia en la vida de la ciudad. Ocuparon todas nuestras localidades. Y los que no alcanzaron a silleta ni palomar, se sentaron donde pudieron, en el subibaja de las focas, en el trapecio, sobre las jaulas, en el balcón de la orquesta, en el atril del director, en el columpio de la mona, en las pesas del Asiático Maravilla, en los arneses de los Pegasos, en las barras de los Hermanos Blemón, en la caja de Magú, en fin, hasta en el chorizo del payaso Chispún. Se trataba de evitar que las autoridades festinaran entre ellas las mercaderías capturadas. Atrás de esos grandes matutes están peces grandes, pájaros de alto vuelo, decían unos. Otros señalaban que de la capital ya habían dado orden de remitir todo para allá. Decían que ni siquiera las multas quedarían para la ciudad, que lo mejor sería actuar rápido, tomarse las aduanas y repartirse el cacharro entre todos aquellos que no tenían nada que perder, ni nada que comer, que no tenían ni dónde caerse muertos. Y salieron dando vivas a ellos mismos y mueras a las autoridades, a las aduanas y a la junta militar. Así compactados, vociferantes y armados de palos, palas, piedras, rastrillos, machetes, carabinas, catapultas y bodoqueras, avanzaron hasta el Control de Aduanas, desarmaron a los guardias y en menos de lo que canta un gallo hicieron desaparecer el cacharro más grande que había visto la ciudad: desde un monumento a los héroes de la independencia hasta un secador de pelo, desde relojes de cuarzo hasta un puente desarmable, pasando por rocolas, televisores, excusados y mingitorios.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 1.4pt; text-align: justify; text-indent: 14.15pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Antes que las autoridades se enteraran de que habían sesionado en la carpa, antes de que algún soplón fuera a chismearles, decidimos marcharnos por donde habíamos venido, con la música a otra parte. Supimos que cuando había llegado el batallón de refuerzo, no había alcanzado a nada, por más que habían buscado casa por casa, tomado muchos presos para torturarlos hasta que declararan dónde tenían los bultos, habían matado incluso a dos tejedores y un aguador. Pero no lograron nada. La ciudad había quedado en silencio, todos sin lengua, sin responder nada, como si fueran tapias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-size: 11pt; line-height: 150%; font-family: Arial;"&gt;Por eso digo que el público de aquí ha madurado mucho. Por eso hemos venido con esta función de aniversario, por eso yo, Bujäs el Gitano más que la mercancía ocultada a tiempo en la caravana del circo, he venido a devolverles la confianza que supieron dispensarme, he venido a entregarles la memoria de estos hechos en homenaje a los tejedores y el aguador muertos, así como también a recordar a los Peluzzo, por quienes aprendí a reconocerme en los desesperados de todos los lugares y de todas las épocas, y de quienes descubrí que eran mártires gitanos de Fiume, ciudad que en verdad se llama Rijeka a orillas del Adriático yugoeslavo. Pero sobre todo descubrí muchas suertes –gitanerías, como llama la gente– de esas que no se dicen pero que uno las lleva para siempre en la manga y en el corazón para cuando se ofrezca.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;br /&gt;&lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-size: 8pt; font-family: Arial;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Iván Égüez&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-6338754361345689132?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6338754361345689132'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6338754361345689132'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/ivn-gez.html' title='Iván Égüez'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-6795036513424696414</id><published>2006-12-13T15:57:00.000-05:00</published><updated>2006-12-14T10:08:23.291-05:00</updated><title type='text'>Colombia Truque Vélez</title><content type='html'>&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: center; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0); font-weight: bold; font-family: arial;font-size:130%;" &gt;Algo que no sucede todos los días&lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Me puse a llorar con ellos. Sí, simplemente lloré yo también. Estaban todos en la sala, velando al difunto, y ya hasta los vecinos y alguno que otro amigo de la familia se habían hecho presentes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Encontrarse un muerto en casa al volver del trabajo es algo que no sucede todos los días. No me extrañó que no me hubieran avisado, ni que ahora nadie pareciera percatarse de mi presencia. De todas maneras nunca habían parecido percatarse demasiado. Hasta era raro que me devolvieran el saludo que desde la puerta yo les dirigía cada noche al volver. Mamá siempre ocupada en prodigar mimos a sus gatos; papá leyendo el periódico o de cabeza en los noticieros y cuanto partido de fútbol; mis hermanos encerrados en el mundo aparte de sus cuartos de puertas cerradas; la tía Angustias amarrada a las cuentas de su rosario&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y al lecho en que cada día era presa de algún inevitable achaque raro; y don José, ese señor perpetuamente ausente... No le conocíamos sino el color de su desusado sombrero gris; nadie en la casa lo había visto sonreír jamás.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Es evidente que mi familia no era en extremo comunicativa. Por eso preferí, sin preguntas, dejarme contagiar por el ambiente singularmente emotivo que parecía haber asaltado la casa esa noche. ¿Quién sería el muerto?, me pregunté al ir viendo uno a uno los rostros humanizados por la tristeza de mis cuatro hermanos, todos de pie, muy compungidos y corteses, dejando los asientos a las damas del velorio. También papá y mamá, juntos por una vez después de quién sabe cuánto, lloraban sentados en el pequeño sofá negro que en días normales servía para separar los ambientes de la sala y el comedor. Pensé entonces si no sería la tía Angustias, una buena candidata a juzgar por sus achaques. Pero no; de repente la vi salir de la cocina con una bandeja de tintos que empezó a repartir por el lado opuesto de la sala. Don José, pensé, y en ese preciso instante salió don José de su habitación, esa puerta siempre cerrada al fondo de lo que de ordinario era el comedor y que hoy, excepcionalmente, se había convertido en capilla ardiente, sombría, con tan sólo cuatro cirios alrededor del ataúd. Don José se había puesto un serio, casi dramático, traje negro para acompañar el velorio y por primera vez lo veía sin su sombrero gris. Que sonriera en esta ocasión podía por el contrario considerarse fuera de toda posibilidad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;A estas alturas cualquier otra persona en mi situación hubiera atravesado el salón, muerta de curiosidad (valga la redundancia), para mirar quién estaba en el ataúd, quién era ese muerto que familia, amigos e incluso yo, llorábamos esa noche. Más que un hábito, limitarme a imaginar las cosas sin molestarme en comprobarlas, era en mí una preferencia. Imaginar qué harían mis hermanos en sus cuartos; qué diría mi madre si yo le mostrara el vestido que había comprado ese día; qué orgulloso se sentiría mi padre al saber de mi ascenso a jefe de cuantas corrientes en el banco donde trabajaba. Observar a los demás, ver cómo se mueven y actúan, cómo acompañan las palabras con gestos para conformar ese mundo personal, reservado en exclusiva para cuando los demás están ahí y son partícipes, aunque sólo sea mínimamente de lo que somos, era también una manera de no preguntarme nunca qué era lo que esperaban de mí. Y –ahora me daba cuenta– ese había sido un factor muy probable en la decepción que frente a mí percibí algunas veces, no sólo en mis familiares, sino incluso en algunas amistades intentadas en vano en el pasado. De manera fugaz, alcanzó a rozarme la idea de que el muerto fuera alguien del vecindario. No podía ser, y me impedí tajantemente seguir por ese camino de la suposición. No llegaba a tanto la generosa generosidad de la familia, a menudo mejor dispuesta hacia extraños que hacia propios. En eso estaba cuando tía Angustias llegó hasta mí con su bandeja. Iba a pasar de largo y a mí me pareció que era el colmo. Ni siquiera iban a ofrecerme tinto. La agarré del brazo, porque es cierto que uno es de la casa, pero tanta descortesía..! Ella soltó un aullido; la bandeja fue a dar al suelo en medio de un reguero humeante de café y trozos de loza. Y tía Angustias cayó cual redonda era. Intenté excusarme pero mi voz resultó tan ineficaz como esos gritos que uno trata de dar en las pesadillas. Con un fuerte presentimiento, me acerqué precipitadamente a la caja. Aquí estoy yo (dije o pensé, lo que en circunstancias como éstas es casi lo mismo). Observé que el aullido aterrador de tía Angustias había tenido el efecto de disparar a las señoras de sus asientos y hacer entrar a los hombres que conversaban en el jardín.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Claro que esos gritos y aspavientos, todo ese alboroto que perturbaba mi velorio, no fueron culpa mía. Al fin y al cabo era la primera vez que estaba muerta y podía perdonárseme la torpeza. Miré las caras de mis padres; habían redoblado el llanto. Unas vecinas se ocupaban de tía Angustias en uno de los cuadros de arriba. Mis hermanos salieron al jardín y encendieron unos cigarrillos. Los fumaron como sombras, acodados a las rejas. La muerte era el mejor puesto de observación que nunca hubiera imaginado en mi vida... Mejor dicho, ya ni diferenciar entre vida y muerte me pareció importante porque volver a casa y encontrarse uno muerto es algo que definitivamente no sucede todos los días.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;  &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:10;"  &gt;Colombia Truque Vélez. &lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:10;"  &gt;(Bogotá, Colombia). Poeta, cuentista y traductora. Obras: &lt;i&gt;Palabras de sueño y de vigilia&lt;/i&gt; (1984), &lt;i&gt;Otro nombre para María,&lt;/i&gt; Premio Nacional de Cuento (Colcultura, 1993) y &lt;i&gt;Poemas al margen&lt;/i&gt; (1997). Actualmente está trabajando en un nuevo libro de cuentos y haciendo un proyecto musical con compositores brasileños y un colombiano (Fernando Linero)&lt;i&gt;. &lt;/i&gt;E-mail: &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;ctruquevelez@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:9;"  &gt;&lt;i&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:8;"  &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Colombia Truque Vélez&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-6795036513424696414?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6795036513424696414'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/6795036513424696414'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/algo-que-no-sucede-todos-los-das.html' title='Colombia Truque Vélez'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6315317553721336990.post-172035652694706850</id><published>2006-12-13T15:52:00.001-05:00</published><updated>2006-12-14T10:10:51.988-05:00</updated><title type='text'>Renata Durán</title><content type='html'>&lt;div class="Section1"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;    &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%; text-align: center;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:180%;" &gt;Cuento de agua&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:130%;" &gt;I.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Su-Nú crecía en los jardines de O.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Sus madres la habían acompañado durante un tiempo sonámbulo. Recordaba sus risas suaves cuando ella, con apenas tres años, había tocado la piedra, asombro­sa, enorme, sobre la que corría el agua cantando. Esa piedra que escondía diminutos espacios redondos, carnosos, de un verde fresco. Tocar las grietas vege­tales de la piedra y tocarse sus labios. Así compren­dió.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Días y noches pasaron y Su-Nú conocía cada vez más. Aprendió a distinguirlos sonidos del aire. Descubrió la montaña. Besaba los troncos de los árboles. Alcan­zaba cada día un sabor escondido. Ácidas gomas. Mieles. Acariciaba la piel arrugada de los árboles. Paseaba su mirada por ese cielo recortado que el árbol dibujaba en el techo del mundo. Era feliz de la sola manera que se lo puede ser: sin saberlo.&lt;/span&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Siete noches antes, sus madres se sentaron en círculo. Prepararon el fuego y la llamaron. Ella se detuvo al pie de la hoguera, en el centro. Miraba asombrada su cuerpo. Había estado tan distraída con el agua del río. Habían desfilado en esos mil espejos, ciudades, gue­rras, juegos de niños, animales fantásticos. Ella había vivido sobre el agua, mirando.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Esa noche descubrió su cuerpo. La sorprendió. Tenía un color desconocido. Cálido. Tocó sus senos. Eran como los lotos en el agua. También temblaban. Aca­rició su cuerpo recién encontrado. Un áspero vello negro se enredaba entre sus piernas y una hendidura &lt;/span&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;le recordó que seguía para adent&lt;/span&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;ro. No había límites en su cuerpo. Todo se devolvía hacia dentro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Esa noche sus madres cantaron una vieja canción. Ella miraba el fuego. El origen de todo, le habían dicho. Las llamas chisporroteaban en el aire caliente. Miraba fascinada sus piernas abiertas que se prolon­gaban sobre la arena en dos sombras negras. El suelo dorado. Las diez puntas perfectas de sus dedos apun­tando. ¿Hacia dónde? Sabía que al día siguiente, con el alba, comenzaría su viaje. Sabía que esos pies duros que miraba, serían su cotidiano paisaje sobre el mun­do. Andar y andar, como los ríos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Un hilo de líquido caliente rodó por sus piernas. Había llegado la sangre anunciada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Su-Nú era ahora una mujer que andaría por el mundo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Sus madres danzaron a su alrededor en anillo cerrado. La sangre creció. Se desbordó. Ella se bañaba en su sangre. Su-Nú reconocía su sangre. Después lloró, durante la última noche. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;El agua salina de sus lágrimas limpió su cuerpo y fue a dar a sus pies. Con el alba, el desierto había bebido todo. Sus madres se habían esfumado y Su-Nú se echó a andar por el mundo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:130%;" &gt;II.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Hacia el Sur, le habían dicho, siempre hacia el Sur. Un día encontrarás un hombre antiguo con una enorme cabeza. Allí quedará tu morada y acabarás tu viaje.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Su-Nú había escuchado hablar de aquel hombre. Era el único habitante de los confines del mundo. Nadie sabía si era, o no, mudo. Algunas gentes decían que se callaba porque cuando hablaba, sus palabras eran pesadas piedras que producían cataclismos. La última vez que él había hablado, la tierra se resquebrajó y hoy había un cráter profundísimo en la mitad del mundo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;Por eso, decían, se calló.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Su-Nú atravesó desiertos. Ascendió la montaña. An­duvo sin reposo por los cuatro caminos. Agotó los distintos territorios del fuego. Nunca se fatigó. Sus pies, a veces, fueron alas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Un día llegó.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:130%;" &gt;III.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;La casa era un larguísimo corredor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Dos muros paralelos blancos. Erigidos sobre el de­sierto. No había puertas, ni ventanas, ni techo. Sólo dos largos muros frente a frente señalando un estrecho camino. Su-Nú comenzó a andar entre dos muros. Sentía que ascendía una espiral. Si miraba hacia arriba sólo veía el cielo. Cuando creía que había cerrado el círculo iniciado al entrar, y que estaba de nuevo en el mismo sitio del comienzo, se sorprendía viéndose cada vez más arriba. Vueltas semicerradas. Ascen­dentes. Círculos abiertos, resueltos en más grandes círculos. Así subía Su-Nú, hacia su destino.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-family:Arial;"&gt;&lt;span style="color: rgb(204, 0, 0);font-size:130%;" &gt;IV.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Tao sentado desde siempre en el letargo, preparaba &lt;i&gt;sus ojos &lt;/i&gt;para el encuentro. Dibujaba pájaros en el aire con el movimiento de sus manos desarticuladas de las muñecas. Imaginaba Dioses. Su boca cerrada desde la eternidad, temblaba. En sus &lt;i&gt;ojos &lt;/i&gt;sólo cabía el oro quemado del color de Su-Nú. Sus sentidos salían de un antiguo estupor. Diferenció perfumes, algo en la atmósfera. Un sabor. Finísimas agujas. Susurros. Ru­mores. Musitaciones. Lenguas que imitan el sonido del agua. Labios que hacen burbujas. Millones de dientes que dejan, apenas, atravesar el aire, absor­biéndolo todo hacia un vórtice ignoto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Su-Nú, exhausta, se acercó a la enorme cabeza milenaria. Besó la piedra, la acarició. Se tendió sobre ella: Hasta entonces ignoraba el deseo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;«Tienes que retenerte –le habían dicho a Tao sus ancestros– no debes derramarte. Por tu sexo circula la savia de la vida. Cada vez que desees a una mujer, retente. Así preservarás el universo. Llévalas al recin­to cerrado del éxtasis, succiona su agua y guárdala. Tendrás en tí el origen y el final. Serás el centro.»&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Tao, que había obedecido este sagrado mandato a través de los siglos, sintió que el deseo crecía, no podía contenerlo. Océano apretado en una bolsa de aire. La inminencia del caos. Por todos sus resquicios se filtraba el delirio, el convulso combate de sus aguas secretas, marea de equinoccio: el astro desnudo del amor llegó a su plenitud.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Ardió, por fin, el tiempo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Sintió que una lava remota, profundísima, salía de sus &lt;i&gt;ojos &lt;/i&gt;de piedra. La lava seminal. Supo que estallaría.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Con su eterno fluir, el finísimo aceite genital de Su-Nú y la espuma milenaria guardada en la cabeza de piedra de Tao inundaron al mundo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;Así se extendió por la tierra el agua de la vida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 14.2pt; line-height: 150%;"&gt;&lt;span style="line-height: 150%;font-family:Arial;font-size:11;"  lang="ES-TRAD" &gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span  lang="ES-TRAD" style="font-family:Arial;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;pre style="text-align: center;"&gt;&lt;span style=";font-family:Arial;font-size:8;"  &gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Derechos reservados&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;© Renata Durán&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6315317553721336990-172035652694706850?l=comunpresenciacuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/172035652694706850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6315317553721336990/posts/default/172035652694706850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://comunpresenciacuentos.blogspot.com/2006/12/cuento-de-agua-renata-durn.html' title='Renata Durán'/><author><name>Cuento Breve</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
